Las cosas pueden empeorar y empeoran
Sucede que las cosas pueden empeorar y empeoran. Desde que, según muchos medios oficiales, estamos pagando las consecuencias de haber vivido por encima de nuestras posibilidades, la calidad de vida de los más desfavorecidos está siendo claramente amenazada (estas personas llevan muchos años viviendo prácticamente de forma indigna). Los servicios sociales se privatizan y lo público va desapareciendo lentamente, los asuntos medioambientales se abandonan y sólo se tendrán en cuenta aquellos proyectos que aseguren una rentabilidad económica. Las nuevas reformas que pretenden llevar a cabo los responsables políticos elegidos por mayoría absoluta van en una clara y concreta dirección: lo público no es viable económicamente y debe ser privatizado.
Si ya resulta chocante que se privaticen aquellos servicios que se crearon gracias a los impuestos recaudados, cuando la búsqueda de beneficios se enfoca hacia el medioambiente el asunto se torna cuanto menos delirante. La naturaleza ha ofrecido desde siempre enormes beneficios al ser humano, la biodiversidad es la “culpable” de nuestra existencia, los bosques nos salvan de morir ahogados por nuestros humos, en fin, que estos asuntos deberían darse por asumidos y la defensa de un medioambiente diverso y sano debería ser no ya un reto, si no una obligación para gobernantes de cualquier signo e ideología.
Los responsables políticos de la actual Europa o bien no han entendido nada o miran deliberadamente para otro lado proponiendo unas reformas que, según desprenden sus inverosímiles discursos, van a sacarnos de un atolladero que paradójicamente es el resultado de unas políticas muy similares a las que proponen. Así, mientras los expertos llevan años trabajando para analizar el actual estado del planeta y proponer soluciones que logren frenar un desgaste extremadamente peligroso para la humanidad, los políticos se encargan con sus propuestas de frenar esas posibles soluciones. Cuando se necesitan tomar ciertas medidas que comiencen a remediar los errores cometidos en el pasado, se anuncian cambios que nos llevarán a profundizar aún más en dichos errores.
El desarrollo económico no se puede desligar de los límites que impone la naturaleza, las materias primas que sirvieron para alcanzar niveles históricos de crecimiento ya no se consiguen tan fácilmente, las energías fósiles se acaban y su extracción supone cada vez un mayor desgaste medioambiental, todo lo que antes era un “milagro” se convierte con el tiempo en pesadilla. Pero las reacciones siguen sin ser las adecuadas, prometer empleo puede ser un arma electoral para ganar unas elecciones, pero no estaría mal que nos dijeran en qué sectores, en qué tipo de actividades se materializará esa creación de puestos de trabajo y qué tipo de empleo prometen. Si para ello hay que volver a morder la costa o realizar obras que maltraten el medioambiente y cuyo impacto las hace inviables, la situación empeorará. Los empleos que se creen deber ser de utilidad social y ecológica, el salario mínimo se debe incrementar para hacer frente a los efectos de la crisis, se debe reducir la jornada laboral para que trabajen todos, aunque sea menos. Si no se revisa el reparto de la riqueza el dinero se mantiene en circuitos cerrados y en pocas manos, de esa forma es imposible crear empleo y estabilidad social.
Es evidente que faltan políticos que entiendan de la materia, no basta con tener prestigio en su endiosado mundo, se necesitan especialistas que hayan trabajado en los asuntos que se les encargan, gente que entienda y sepa qué es lo que se necesita de verdad en cada momento y en cada lugar. Si el objetivo es conservar el poder que otorga una mayoría de electores y para ello no se pueden tomar medidas que pongan en riesgo ese poder, los resultados serán negativos siempre. Hasta que no se reconozcan los errores cometidos y se tomen medidas consensuadas para remediar en lo posible los daños causados, mientras la creación de riqueza y empleo no vaya estrechamente relacionada con el respeto a la naturaleza y al ser humano, estaremos empeorando pese a que muchos afirmen lo contrario. El político celebrará su éxito mientras la tierra agoniza sin que nadie lo impida. Basta con prestar atención al discurso político actual para ver hacia dónde camina el mundo y asustarse.
Ocupar espacios públicos, hacer justicia
Todos los días hay nuevos desahuciados en España, personas que en muy poco tiempo han perdido la posibilidad de hacer frente a sus gastos. Por otro lado, numerosos edificios públicos o que pertenecen al ámbito público de muchas comunidades están o vacíos o infrautilizados mientras que multitud de jóvenes españoles no encuentran un espacio público donde expresarse, formarse o simplemente reunirse e intercambiar opiniones o experiencias. En una época en la que estamos asistiendo a una serie de casos de corrupción política y empresarial sin precedentes, la ocupación de espacios públicos vacíos o casas deshabitadas se torna una práctica tan digna como cívica. Cuando uno se entera de las cantidades de dinero que se han desperdiciado en obras faraónicas, que ahora yacen vacías y desangeladas, y que sólo se construyeron para aparentar una grandeza inexistente y repartir comisiones entre los responsables públicos, cuando es conocido el despilfarro de dinero público por parte de políticos sin escrúpulos y tantos y tantos casos de irresponsabilidad y delincuencia, visitar un centro ocupado como la csoa La Madreña de Oviedo supone un soplo de aire limpio y una dosis de esperaza en el futuro. Ver cómo jóvenes y menos jóvenes se organizan, se comunican con el más exquisito de los respetos, crean talleres, huertas en el jardín, ven y comentan películas, organizan una biblioteca y una ludoteca en un espacio abandonado a la especulación por parte de la administración, causa respeto al mismo tiempo que genera irritación cuando lo más probable es que, tarde o temprano, sean desalojados.
El joven español, sobre todo cuando no entra dentro de los cánones morales que establece la gran mayoría, goza en este país de una inmerecida mala fama. Estos centros ocupados son una gran oportunidad para que la sociedad conozca a sus jóvenes, para olvidarse de prejuicios y adentrarse en las inquietudes de quienes formarán parte activa del futuro inmediato.
El hoy espacio ocupado de La Madreña es “un símbolo de la especulación urbanística en Asturias y en Oviedo”. La antigua Consejería de Sanidad, un edificio en perfecto estado con una superficie habitable que ofrece enormes posibilidades, se encuentra en proceso de destrucción para, en su lugar, levantar un edificio de viviendas de lujo con un precio de 3.600 euros el metro cuadrado. Hablando claro, se trata de un “pelotazo” vergonzoso que en la actual situación no se debería tolerar de ninguna manera. Como no se debería tolerar que la administración pública de este país “negocie” con los grandes “promotores” inmobiliarios, especialmente cuando estos “negocios” discriminan a la población que les mantiene en el poder con sus votos.
Que una administración pública se dedique a obtener beneficios económicos vendiendo edificios públicos en detrimento de las verdaderas necesidades de la población resulta, cuanto menos, bochornoso. Existen numerosos ejemplos de despilfarro de dinero público en dudosas inversiones y en innumerables cantidades de dietas y demás gastos injustificables que rozan, por decir algo, la ilegalidad. El ciudadano debe entender esto cuanto antes, no se debe permitir que nadie use el dinero público para satisfacer su ego o sus codicias personales. Los políticos son gestores que deberían prestar sus servicios a la sociedad de forma intachable. Cualquier sospecha sobre su conducta debería bastar para que presentaran su dimisión.
Ahora más que nunca se debería exigir un comportamiento profesional y honesto a quienes según ellos están ahí trabajando para sacarnos de la crisis. Casos como el de La Madreña se multiplicarán en el futuro. Ante la falta de vocación e interés de los Estados, el ciudadano debe coger el timón y crear su espacio para sobrevivir. Cuando se acaben los desalojos se habrá ganado la verdadera libertad.
No somos nada
El otro día leía en la prensa que el 25% de los mamíferos se encuentra en peligro de extinción. Me echo las manos a la cabeza. Estamos hablando de que uno de cada cuatro seres que, como nosotros, llevan a sus hijos en el vientre (a excepción del raro ornitorrinco, si mal no recuerdo) y después los cuidan y los amamantan para verlos crecer, corre el riesgo de desaparecer para siempre de la faz de la Tierra. Sin embargo, a juzgar por el papel que desarrolla la protección del medioambiente en nuestra vida cotidiana, no parece que el hombre se esté dando cuenta de las implicaciones que estas cifras pueden tener sobre su propia existencia. De hecho, cada vez estoy más convencida de que el ser humano se ha olvidado definitivamente de que él también forma parte de la naturaleza. Tras varios intentos de hacer de esta trascendente cuestión un tema de conversación con quienes me rodean, decido tirar la toalla y escuchar en silencio las opiniones sobre la última ruptura de una pareja de famosos o la nueva fragancia de una marca de moda.
Así, una vez más, mi absoluta ignorancia en materia de psicología me ha llevado a desesperarme ante el enorme vacío que encuentro entre mis congéneres y yo. Como en tantas otras ocasiones, me siento como si me hubiera llevado las manos a la boca para gritar con todas mis fuerzas “¿pero es que no os dais cuenta?” y la única respuesta fuera el eco de mi propia voz canturreando desde el otro lado del acantilado “…cuenta, cuenta, cuenta?”. Y es que la lógica de la ética ecologista me resulta tan aplastante que me cuesta asumir que yo soy la rara.
Intento resolver esta nueva crisis de identidad en la intimidad de la mesa de la cocina.
“Recuerda que formamos parte de la minoría absoluta”, me dice mi marido con pasmosa tranquilidad.
“Ecología:”, insisto marcando con el dedo la definición que he encontrado en el diccionario, “defensa y protección de la naturaleza y del medioambiente; Ecologista: persona que es partidaria de la defensa ecológica”. Entonces, si el hombre forma parte de la naturaleza, ¿no resulta ridículo que sean solamente unos pocos quienes están preocupados por la destrucción de nuestro planeta? ¿No deberíamos ser todos quienes estuviéramos luchando y protegiendo con uñas y dientes el lugar donde vivimos y que nos da de comer? ¿Dónde me he perdido?
Y así continúo mi rara existencia, aplicando con empeño los pequeños gestos que me he esforzado en adoptar sabiendo que no son más que una gota en el desierto. Y, otra vez, ante la fuente del agua, rechazo con una sonrisa el vaso de plástico que me ofrece amablemente un compañero: “Ecologista”, digo casi encogiéndome de hombros y esgrimiendo mi botella recargable de cristal. Él me devuelve la sonrisa casi con condescendencia y yo siento ganas de emular a mi muy admirado Iván Ferreiro y añadir “ecologista de mierda”. “Algo hay que ser en la vida”, afirmo en cambio y él sólo me responde “sí, algo hay que ser”. Así es. Algún partido hay que tomar, me digo mirando con tristeza la papelera llena de vasos de plástico de un solo uso. Qué pequeños somos y qué poco cuentan nuestras acciones.
Pues bien, en esta tarde de depresión postelectoral, enciendo la radio para sentirme acompañada más que para consolarme y los medios nos informan sobre el autocomplaciente reparto de carteras entre quienes raramente las merecen. Y ahora me toca a mí consolar a mi marido, que no quiere contener su irritación y desasosiego ante lo que se nos viene encima.
“Yo me exilio”, me dice enfurecido.
“Recuerda que eso ya lo hicimos”, le intento apaciguar “sólo para volver más cansados y más viejos”. Más cansados, más viejos y más cínicos. Y es que, algunas veces, nos gustaría poder apretar un botón para cambiar el mundo. No nos damos cuenta de que, en nuestra pequeñez, solamente podemos luchar para intentar mantener una discreta coherencia entre nuestra ética y nuestro estilo de vida.
¿Seremos su mercancía?
Mientras las reuniones para salvar el clima mundial se suceden el hambre arrasa con fuerza varias regiones de este planeta, la Unión Europea acuerda que se patenten y graven las semillas, los transgénicos campan a sus anchas por la ancha España y los casos de corrupción salpican ya a todo el panorama nacional desde el último mono hasta la casa real. Los más desfavorecidos económicamente pagan los desperfectos causados por la orgía de los ricos. Y el mundo gira y gira sin parar…
La última cumbre sobre el cambio climático celebrada en la ciudad sudafricana de Durban fue el colmo de la tomadura de pelo a la que nos someten desde hace ya demasiado los responsables políticos de todo el mundo. Mientras los países emergentes (China e India) se sitúan a la cabeza de los más contaminantes y solicitan ayudas para dejar de serlo, los países ricos, máximos responsables de la catástrofe que anuncian los expertos, les niegan el pan y la sal. Por otro lado, el asunto del cuidado del medioambiente y la escasez de recursos ya pasó a mejor vida en los medios de comunicación: se ha pasado de catalogarlo como principal reto al que se enfrenta la humanidad a ser algo molesto y contrario al tan necesario crecimiento económico. La esquizofrenia informativa a la que nos someten a diario es ahora monocolor, sólo el dinero es noticia, manda el mercado, el resto puede esperar. ¿A qué estamos jugando?
Cuando se desmoronan todos los estados, el sector privado se frota las manos, no es pues demasiado inteligente suponer que tal desmoronamiento responde a una estrategia de los señores del poder. Mientras, las elecciones (en casi todos los países, pero especialmente en España) se convierten en un trámite en el que el ganador, al igual que los resultados de las cumbres por el clima, se conoce mucho antes de que se publiquen los resultados. El ciudadano vota para cambiar algo que no funciona y ese cambio profundiza aún más en la herida abierta del más desfavorecido. Portugal es el caso más ilustrador de estos cambios políticos cuyos efectos son los mismos que cuando añadimos agua al café. El poder adquisitivo del trabajador se diluye minuto a minuto, cumbre a cumbre, decreto a decreto. Los derechos laborales y la dignidad de quien ha consagrado su vida al trabajo y a pagar escrupulosamente todos los impuestos pasan de repente a la historia. Los transportes públicos suben, sube la factura de la luz, las autopistas, la comida, los impuestos sobre la vivienda, sube todo menos la moral de una sociedad que se levanta a diario mirando al suelo. La brecha entre ricos y pobres es cada minuto más amplia, el hombre más rico de la historia es contemporáneo nuestro. Ante esta pertinaz amenaza, ¿qué camino tomar?
Cooperativas de consumo, trueque, talleres de formación, comunidades, huertas colectivas, solidaridad, consumo responsable, boicot a empresas explotadoras, asambleas, lectura, escuchar, expresar opiniones, luchar.Las ideas van a fluir, sólo es necesario perder el miedo, nadie va a solucionar nada ni a representar a la mayoría. El futuro de la gente que no tiene nada que perder es desaparecer. Si no actuamos pronto cuando nos demos cuenta seremos pura mercancía con fecha de caducidad.



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