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De arañas, mosquitos y ratones

27 febrero, 2011 Deja un comentario

No sé muy bien cómo arrancar esta historia. Supongo que todo empezó aquel día en que, hace muchos, muchos años, me negué a matar una araña en el cuarto de mi hermana. Durmiendo como lo hacía en una habitación que daba a un ala del tejado, y sufriendo de una incurable aracnofobia, mi hermana siempre había acudido a mí para que la librara de los enormes, peludos visitantes de ocho patas que venían a instalarse boca abajo en algún rincón del techo, casi siempre justo encima de la cabecera de su cama. Solía ocurrir por las tardes. En el silencio de la casa, yo oía su grito desesperado y acudía presta, orgullosa de llevar a cabo una tarea que a mí me resultaba tan sencilla mientras que ella, que era más mayor, observaba horrorizada desde el umbral de la puerta, viéndome trepar por su cama o subirme a la silla o la mesa con la zapatilla en la mano, sin atreverse a dar un paso pero con la necesidad de seguir la operación, de ver el lugar donde caía la araña y ser testigo directo de su muerte. Pues bien, un día, por despecho, me negué a ayudarla en su terror. Seguramente me daba cuenta de que el motivo real de mi negativa era demasiado débil para constituir un argumento de peso, por lo que afirmé que “la araña también es un ser vivo” y ahí quedó mi hermana, paralizada contra la pared mirando el techo frente a ella.

Quizás fuera en ese momento donde empecé a reflexionar sobre los seres que comparten con nosotros el planeta. Quizás no. Lo cierto es que desde hace años vengo desarrollando un gran respeto por los seres vivos que, en ocasiones, me plantea dilemas que rozan el absurdo. Así, siendo como soy alérgica a la picadura de insecto ¿debería plantearme un problema moral espachurrar un mosquito de vez en cuando, en especial cuando lleva un rato rondándome y zumbándome en la oreja y no dejándome dormir? O, como en el caso de las ratas, ¿qué hacer cuando temes una invasión y te niegas a utilizar trampas o veneno, pero tus gatos resultan demasiado bobos o perezosos y no quieren colaborar?

Pues bien, ha llegado uno de esos momentos. En el capítulo de Las Ratas, (¿lamentablemente?) no fui la única que vio a los roedores subiéndose a los árboles para robar la comida de los pajarillos. El jardín no tardó en llenarse de veneno y trampas para ratones, y yo vi horrorizada cómo los animalillos encontraban y se llevaban felices el veneno a sus madrigueras, donde las aguardaba un penoso final. Problema resuelto. Ahora, desde hace unos días, a veces se oye un ruidito al otro lado de la pared. Ahora se oye aquí, ahora está allá. En las silenciosas tardes, alguien está royendo, royendo, en el aislamiento de nuestro hogar. “Tiene que ser un ratón”, le digo a mi marido. Los gatos también lo han oído, y concentran sus sentidos en el raca raca del otro lado. Y esta mañana, la prueba del delito: un agujerito en la base del saco de harina blanca; un agujerito en la base del saco de harina integral; y todo el armario lleno de las diminutas cagadas. Al menos sabemos que es pequeño. ¿Por dónde demonios ha entrado? Y, lo que es peor, ¿cómo vamos a sacarlo de aquí? Así que hoy ha sido día de zafarrancho de combate. Arremángate, que se nos ha colao un ratón. Y recoloca todos los armarios, saca los alimentos de los lugares accesibles, tira de lejía que hay que desinfectar las zonas afectadas. Y, ya que estamos, quita las cajas esas de en medio, que llevan ahí desde que hicimos la mudanza. Hay que desempolvar, lavar esas fundas renegrías, recolocar los zapatos (vaya lamparón en los cristales), pasar el aspirador… Al final, casi hasta se me ha pasado el disgusto.

Esta noche, los gatos se quedan dentro y las puertas de los armarios, abiertas, por si se le ocurriera asomar la nariz. Y miro a mi alrededor y pienso, hogar dulce hogar, y qué bien nos ha sentado tener un ratón en casa.

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Las ratas

9 enero, 2011 Deja un comentario

Este año, volvemos a batir un récord histórico: de nuevo estamos viviendo el invierno más frío que se recuerda. Con temperaturas diurnas por debajo de cero grados, las calles heladas y ni una sola hoja en los escasos árboles, me pregunto cómo sobreviven los animales en un clima que, en teoría, se beneficiaba de las corrientes oceánicas para mantenerse templado durante todo el año. Por otro lado, el país apenas cuenta con árboles: los centenarios robles fueron talados durante la época del colonialismo inglés para la producción de barcos y, aunque en la actualidad se empieza a apreciar su valor como recurso natural, aún no se ha llevado a cabo ninguna replantación masiva que devuelva a la isla su antiguo esplendor. En estas condiciones, leo en un libro que he adquirido sobre las aves de la región, las poblaciones de pájaros salvajes se verán mermadas, tanto las migratorias, provenientes de los países escandinavos en busca de unas temperaturas más benévolas en invierno, como las que pasan aquí todo el año.

¿Y no podemos hacer nada para evitarlo? Sí podemos, afirma un cartel en un comercio local. Comprar cacahuetes que, aunque son importados del otro lado del mundo y conllevan una enorme huella ecológica, además de ayudar a los pobres pajarillos devolverán la vida a tu jardín. Me dejo seducir por la promesa de llenar el jardín de colores y cantos y sólo cuando regreso a casa me doy cuenta del problema que puede provocar que los pájaros sean dependientes de los alimentos que les estoy proporcionando. En cualquier caso, como tan a menudo, los sentimientos son más fuertes que la razón, así que coloco la comida en el comedero que, de paso, también me han vendido en la tienda del pueblo, y me acodo en la encimera de la cocina esperando ver los resultados.

Por supuesto, durante la siguiente media hora ningún pájaro se acerca al comedero estratégicamente situado en las ramas de un arbusto frente a mi ventana. Cansada de esperar, me retiro de mi puesto de vigilancia y me dedico a buscar información sobre los pájaros que en cualquier momento podrían aparecer por mi jardín. Los pequeños herrerillos, los coloridos pinzones, los confiados petirrojos, los apreciados jilgueros… vuelvo a mi puesto de observación del que, al rato, me vuelvo a retirar, asumiendo que estas cosas llevan su tiempo.

Al día siguiente, el comedero está vacío. Me alegra que los pajarillos lo hayan descubierto, aunque me apena no haberlos visto en acción. Me imagino las coloridas alas revoloteando entre el ramaje, los ávidos picos dando cuenta de su botín y advirtiendo a sus compañeros del descubrimiento. Me sonrío y relleno el comedero, volviendo a mis tareas cotidianas y olvidándome temporalmente de él. Hasta que esta mañana, cocinando un plato de sopa contra el frío, he mirado por la ventana y he visto una enorme bola de pelos sentada sobre el comedero, el largo rabo colgando, llevándose los cacahuetes a la boca con las agitadas manos. ¡Una rata! Incapaz de reaccionar, he observado estupefacta cómo la inoportuna finalizaba su banquete y desaparía entre las ramas frente a mi ventana.

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Iniciación en la permacultura

12 junio, 2010 1 Comentario

Sentada en el porche de mi casa, disfruto de la tarde de sábado hojeando un libro con una taza de té en la mano. La gata, como yo, se refugia del insufrible sol de la Selva Negra y rescata con su cuerpo el frescor de las baldosas del suelo. Después de un invierno terrible, (el más frío y largo en muchos años, dicen, aunque esta afirmación ya la había oído yo el anterior invierno), el alivio que supuso la primavera ha dejado paso a un verano intermitente de largos periodos de días fríos y lluviosos combinados con jornadas de un sol inclemente, insoportablemente vertical e hiriente.

Sentada en el porche de mi casa, decía, hojeo el libro “The Earth Care Manual”, que puede traducirse como “Manual del cuidado de la Tierra”, una recomendación de Thomas Riedmuller para la iniciación en el vocabulario y algunas técnicas de la permacultura antes del comienzo del curso. Por definición, la permacultura es una forma integral de diseño de hábitats sostenibles mediante el que se imita a la naturaleza para aprovechar las interacciones que en ella tienen lugar. En la práctica, esta forma de organización puede resultar muy beneficiosa a la hora de facilitar el trabajo del agricultor, siempre y cuando el diseño se lleve a cabo con conocimiento y prestando atención a todos los detalles del ecosistema que queremos crear. Mmm. Interesante.

Señalo la página que describe la técnica del “pollo-tractor”, consistente en sustituir el arado de un terreno por la introducción temporal de un batallón de aves que se encargarán de escarbar, picotear y cagar en la tierra, lo que deja el sustrato limpio de plagas y yerbas, oxigenado, abonado y, en definitiva, listo para el cultivo. Parece sencillo. Aún no sé cómo se compatibiliza el corral de aves con los gatos domésticos, en especial con nuestro Chino, que ahora andará agazapado en algún rincón de la pradera colindante a la espera de algún despistado, ya sea insecto, roedor, reptil o ave, con quien saciar sus crueles instintos felinos.

Mi vecino Karl-Heinz pasa ante mi porche en pantalones cortos, camiseta de tirantes y sandalias, me saluda con la mano y sonríe. Después de tres veranos, aún se sorprende de no vernos aprovechando cada rayo de sol, bronceándonos en una tumbona con un vaso de sangría en la mano, “disfrutando de un clima como en casa”. Levanto la taza de té y brindo al aire con un gesto de cabeza. Ya le expliqué una vez que, en España, nadie viste de torero ni toca las castañuelas por la calle.

De vuelta a mi libro, unos capítulos más adelante se explica la técnica del compostaje. Al contrario de lo que pensaba, no basta con ir depositando los restos de cocina en un contenedor al aire libre. A la hora de introducir los materiales que queremos compostar, tendremos que tener en cuenta la proporción inicial de carbono y nitrógeno, que no debe ser inferior a 25:1, ya que durante el proceso de compostaje el índice de carbono disminuye mediante la ventilación. Un exceso de nitrógeno implica la pérdida de amoniaco. Por el contrario, un exceso de carbono puede ralentizar e incluso detener el proceso de compostaje. Uf. Esto empieza a recordarme a mi bachillerato en ciencias puras y mi posterior intento de estudiar farmacia. La química, la física. ¡La fisicoquímica! Creo que puedo aparcar el fascinante mundo del compostaje hasta otro momento. Quizás mañana haga menos calor.

Cierro el libro y me levanto para refugiarme en el admirable aislamiento térmico de mi actual vivienda, en Alemania. Espero no echarlo demasiado de menos. Kuka, la gata, prefiere quedarse tumbada sobre las baldosas que no han estado expuestas al sol del mediodía, en un acto de asimilación instintiva del concepto de permacultura.

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