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Archivo para la Categoría "cambio climático"

¿Pronto el litro a dos euros?

16 abril, 2011 1 Comentario


El gobierno francés convocó recientemente a las principales empresas petroleras del país para comunicarles que, mediante una importante cantidad de dinero, deben contribuir a paliar los perjuicios económicos que causan en la sociedad los altos precios del petróleo. Los industriales aceptaron la contribución (115 millones de euros a distribuir entre casi cinco millones de contribuyentes), la que calificaron de parche temporal y exigen inversiones que permitan optimizar el consumo y buscar fuentes de energía allá donde las haya.

El mundo es altamente dependiente del petróleo. Sin embargo, por diferentes motivos e intereses, hasta ahora pocos gobiernos habían tratado el asunto de la dependencia energética con la necesaria determinación. Los diferentes conflictos que están teniendo lugar en los países norteafricanos nos han demostrado la vulnerabilidad del sistema energético global. Siendo como es el mercado petrolífero mucho más frágil de lo que creíamos, es de prever que un conflicto en Arabia Saudita, que produce 9 millones de barriles diarios, desencadenaría una serie de catástrofes mundiales de dimensiones desconocidas. En otro orden de cosas, la simple devaluación del euro entrañaría una subida del precio de petróleo que dañaría aún más si cabe la economía europea. La actual situación es crítica, y a ello colabora sin lugar a dudas la realidad que estamos advirtiendo con los acontecimientos nucleares en Japón, donde una país que representa la tercera economía mundial y cuyos avances tecnológicos son punteros, no puede detener el calentamiento de una central dañada por un fenómeno natural. La energía nuclear, discutida desde siempre debido al conflicto que provoca la gestión de los resíduos que genera, se está viendo seriamente cuestionada incluso por la seguridad de sus sistemas, en países cuyos gobiernos la han defendido siempre contra viento y marea.

Según el Presidente Director General de la petrolera Total, Cristophe de Marguerie, “El precio del litro subirá a los 2 euros, sin ninguna duda, la cuestión es saber cuándo. Espero que no sea demasiado pronto, las consecuencias seríandramáticas”. Según el industrial petrolero, la clave para reducir el precio del combustible es el consumo, “Es necesario, antes que nada, invertir en la reducción del consumo, esa es la clave contra el evidente aumento del precio de la energía.En un escenario en el que la nuclear va a contribuir cada vez menos en la oferte energética, habrá que buscar la energía a cualquier parte.”. “Si bien en China o en India se ha registrado un aumento del consumo, en Europa ha disminuído. En Francia se están registrando los índices de consumo energético de 1985. Esze hecho pone en duda la capacidad excedentaria de las refinerías francesas.

Ante esta crisis energética mundial, las compañías buscan apoyos gubernamentales que les permitan investigar nuevas fuentes energéticas y el uso de métodos cuyo impacto medioambiental es, casi siempre, demasiado negativo como para hacerlas viables. Actualmente en Francia se está viviendo un debate muy tenso en torno al gas natural. En principio, la compañía Total presentó un plan para realizar una prospección en el sur del país, en un territorio donde supuestamente existen importantes yacimientos de gas natural.b> La presión ciudadana apoyándose en estudios del impacto medioambiental del proceso completo fue tan fuerte que, en breve, se espera que el gobierno, que parecía partidario de llevar a cabo los trabajos, anuncie la prohibición de llevar a cabo dichas prospecciones.

En este orde de cosas, un reciente estudio realizado por el profesor estadounidense de la Cornell University Robert Howart, demuestra que la producción de gas natural es más nociva para el medioambiente que la extracción de carbón. Según el estudio, esto se debe a que durante el proceso de extracción, se disipa en la atmósfera entre un 3,6 y un 7,9% del metano contenido en dicho gas. El metano es un gas mucho más perjudicial para el efecto invernadero que el CO2.

Dada la actual situación, es obvio que el plan energético global debe cambiar de objetivos. Además de llevar a cabo las reformas necesarias para optimizar el consumo de energía tanto en hogares como en el resto de la economía, es imprescindible iniciar una transición hacia una forma de vida de bajo impacto y una descentralización de la producción de energía. Seguramente, las compañías multimillonarias querrán seguir ganando las mismas sumas de siempre y, para ello, tratarán por todos los medios de convencer a los políticos para que éstos autoricen sus prospecciones. Es evidente que la ceguera que produce la ansiedad por conseguir buenos negocios pasa por encima de algo tan importante y primordial como es el medioambiente y la salud. En la mayoría de los casos, los métodos para extraer combustibles fósiles han demostrado su peligrosidad y su inviabilidad. El crecimiento económico mundial ha tocado techo, el límite lo marca el planeta, esto es un hecho indiscutible a partir del cual se debería comenzar a trazar los planes de un nuevo mundo. Obviar estos límites que nos impone la naturalezam, además de poco inteligente resultaría demasiado peligroso. No se trata de volver a las cavernas, sino de iniciar una transición lógica y justa hacia un tipo de sociedad de bajo impacto atendiendo a la capacidad que tiene la tierrra de regenerar sus recursos naturales. En ello todos jugamos un papel importante, aunque el ciudadano deberá entender la importancia del reto y exigir a sus representantes que eligan la senda adecuada para evitar lo peor.

Más información

Acceder al estudio de R Howart

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Escuchar a la naturaleza

24 marzo, 2011 2 comentarios

Un terremoto provoca un tsunami gigante que arrasa todo lo que encuentra por delante hasta que su fuerza devoradora se agota. Las imágenes que circulan por la red son terribles y le dejan a uno sin palabras, petrificado ante la pantalla. Ante un golpe tan duro, tan descomunalmente natural, el hombre disminuye hasta verse completamente desbordado por la cruel realidad.

Hace ya muchos años, los japoneses lucharon hombro con hombro después de una tragedia provocada por el hombre para convertirse en un país próspero. El nivel del vida de sus ciudadanos es alto, como su educación y su tecnología, puntera en muchos sectores. Las ciudades japonesas son estampas de modernidad y vida ordenada. Quizás por ello choca aún más si cabe la visión del caótico paisaje que va dejando este fenómeno natural sobre un país que ejemplariza todo lo contrario. El amasijo de coches, casas, y escombros escenificaba una Apocalipsis que, una vez se produjo la primera explosión en una de las centrales nucleares afectadas, se iba haciendo realidad.
Japón tenía instaladas varias centrales nucleares en la costa y en territorio proclive a sufrir terremotos. Esto sí es una realidad.

Una vez ocurrido el desastre, las informaciones van y vienen como pájaros asustados. Uno no sabe a qué atenerse, a veces hasta piensa que muchos medios de información distorsionan datos para atraer a un mayor número de lectores. Tanta información acaba por lograr que uno, asustado, pierda perspectiva.

Uno sigue asustado por lo que ve y lee y, conforme avanza el tiempo, siente más profunda la tristeza. Uno ve las imágenes y videos que le llegan a diario y se va formando su propia idea. Un fenómeno natural ha puesto en evidencia un modo de vida poco natural que el hombre ha creado para dar rienda suelta a sus ambiciones ¿poco naturales también? Ese modo de vida que muchos discutían en Japón una vez vio la luz después de aquella tragedia, añorando una sociedad más cercana, más espiritual y sosegada.

Uno recuerda Japón por sus grandes edificios y sus calles atiborradas de carteles luminosos, por el tren bala, cuyas vertiginosa velocidad y forma de munición mortal dan miedo. Japón es un país cuya densidad también asusta, la gente va por las calles codo con codo, cuerpo a cuerpo, la luz de las carreteras, de los restaurantes, los anuncios gigantescos colgados de las fachadas acaparan la atención y deslumbran con su agitada luz hasta el cielo.
Pero Japón también es el país más endeudado del mundo y lleva 20 años sufriendo una recesión económica. ¿Como es posible esto? ¿Para qué tanto progreso y tan alta tecnología si al final la deuda crece y crece sin parar? ¿A quién puede beneficiar esta organización económica que hace que todo un país viva al día y de prestado?

Los ciudadanos no somos los únicos ni los mayores responsables de lo que ocurre en los países, pero somos quizás los que más posibilidades tenemos de cambiar el rumbo y las políticas de los gobiernos. Para ello no es necesario ejercer ningún tipo de violencia, basta con no apoyar ni seguir ciertas prácticas o rechazar ciertos hábitos que algunos intereses desean imponernos. Bastaría que los ciudadanos tomaran conciencia de cómo se consigue esa agua que beben a diario o de la importancia de ese árbol que les ayuda a respirar, para provocar un giro y dirigir la sociedad por un camino más acorde con quienes somos y con quien nos aloja. Hoy en día contamos con unos adelantos que hace nada no habíamos llegado ni a soñar. La buena tecnología es la que resulta útil y hace la vida más fácil respetando al agua y al árbol, pero hay que estar alerta y no morder el cebo de la publicidad y sólo utilizar lo que de verdad necesitemos. La lucha para hacer un mundo mejor no pasa por volver a las cavernas, pero quizás sí que requiera volver a hacer más tareas o trabajos con las manos, buscar otro tipo de placeres más simples y más intensos, ir a pie a muchos recados o simplemente desconectar todos los aparatos de casa cuando no se van a utilizar.

El ciudadano sabe que el valor verdadero de una persona no se corresponde con la marca de ropa que viste o la potencia y velocidad que alcanza el coche que conduce. La remuneración de los trabajos debe equilibrarse, uno debe ejercer en la vida aquello que le hace disfrutar, no debe formarse sólo para llegar a ganar más que otros. Todo esto lo sabemos todos, pero quien se atreva a comentarlo con los amigos, casi seguro que será tratado de soñador o utópico. Y es que hemos sucumbido a la publicidad, a la información que comienza provocando miedo y acaba por aturdirnos. Sabemos mucho más de lo que demostramos en el día a día, somos capaces de muchas más cosas de las que hacemos, valemos mucho más que lo que nos dicen que valemos. Juntos podemos arreglar esto, aunque muchos se empeñen en separarnos, en enfrentarnos, en disuadirnos cuando intentamos hacer algo en lo que creemos.

En Japón existe un movimiento que luchó contra las centrales nucleares, un grupo de gente que esgrimió, muy al estilo japonés, razones de mucho peso para no elegir este tipo de abastecimiento energético para su país. Fueron derrotados, apartados de la actualidad, seguramente tratados de trasnochados, de soñadores y utópicos. Ahora seguramente alzarán de nuevo sus voces, sin hacer mucho ruido, respetando a las víctimas. La naturaleza ha hablado por ellos, sólo cabe esperar que los demás también la hayamos escuchado.

foto elpais.es

Otra agricultura, otra sociedad

19 marzo, 2011 1 Comentario

El hambre afecta aproximadamente a 1.000 millones de personas en todo el mundo. Mientras tanto, la agricultura europea pasa por momentos de extrema dificultad. El reciente conflicto de la leche ofrece un panorama clarificador de la actual situación. La leche europea la producen vacas alimentadas con soja importada de Brasil, lo que está agudizando las carencias alimentarias de una gran parte de la población brasileña, además de destruir la selva tropical, sin por ello conseguir que los agricultores europeos vivan de su actividad. Un país tradicionalmente agrícola cono Francia está viendo cómo el número de sus agricultores desciende cada año debido a la inviabilidad de la actividad y tienden a desaparecer. La actual crisis económica, ecológica y política es una oportunidad para quienes desean un cambio, es el motivo que hace que la utopía pase a ser algo realizable, honesto y razonable. Para ello, el ciudadano debe dar un paso adelante y buscar su independencia mediante la autosuficiencia, tomar las riendas de su vida, hasta ahora en manos de compañías que sólo buscan beneficios.

En 1962, la bióloga estadounidense Rachel Carson publicó su libro “Silent Spring” (Primavera silenciosa). En él afirmaba que ciertos pesticidas ponían en peligro la salud humana y de las aves. Esta obra marcó el comienzo de la toma de conciencia de una parte de la opinión pública americana sobre los métodos agrícolas basados en el uso masivo de sustancias químicas sintéticas. Después de 49 años los herbicidas, fungicidas, pesticidas e insecticidas utilizados para destruir los vectores de enfermedades de las plantas y para proteger los cultivos de parásitos y malas hierbas siguen utilizándose de forma masiva en casi todo el mundo. Estados Unidos es el país que más sustancias químicas utiliza en la agricultura, seguido de cerca por Francia.

Un cambio de modelo agrícola, un cambio de modelo social

La importancia de desarrollar una agricultura local, familiar, a pequeña escala y cuyo principal objetivo sea la producción de alimentos de calidad cobra relevancia en estos tiempos debido principalmente a la crisis energética. La agricultura industrial, además de necesitar una cada vez mayor cantidad de productos químicos para producir alimentos, depende del transporte para hacer llegar éstos productos a los consumidores. Un aumento del precio del petróleo conlleva directamente un aumento del precio de los alimentos y dispara la especulación en el mercado. Además, la producción de agrocombustibles y la política de intercambio de derechos de contaminación (créditos carbono) llevada a cabo por los países más ricos, está privando a los nativos de disponer de tierras y bosques en los que históricamente han producido sus alimentos. Es imprescindible que los campesinos recuperen las tierras de cultivo para que puedan adaptarse a las duras condiciones climáticas.

La revolución industrial ha ido progresivamente borrando del planeta la figura del campesino. Los agricultores que han resistido, en su mayoría practicando unos métodos industriales, son ahora más conocidos como explotadores agrícolas o productores de alimentos. Estos agricultores forman parte de una gran red que conforma la actual cadena alimentaria en la que se encuentran multinacionales químicas, bancos y compañías de seguros e inversiones. El método de agricultura industrial cuyo enfoque empresarial busca el beneficio por encima de todo ha tocado techo y, por el bien de todos, debería ir desapareciendo. Ser campesino en su forma más tradicional es más que una profesión: implica toda una forma de vida que estrecha los lazos del campesino con la tierra y con sus vecinos, haciendo que aquel pase a formar parte de la cultura de la región y del país. El campesino siempre ha gozado de una independencia desarrollada a escala local y sustentada en la autosuficiencia que les proporcionaba el cultivo de sus propios alimentos.

Las sociedades industrializadas de los países capitalistas han conseguido que esa independencia de los campesinos se vea como algo innecesario por parte de los ciudadanos, como algo anticuado o pasado de moda. Los precios de los alimentos han ido descendiendo, restando importancia a la labor de quienes los cultivan y dejando paso a las grandes compañías, que no sólo se encargan de abastecer de alimentos a los ciudadanos, sino que también disponen qué y cuándo se debe consumir. El ciudadano accede a los servicios que le proporcionan el estado y la oferta privada en calidad de invitado a la organización de su propia vida, que se lleva a cabo sin contar con él. En este orden de cosas, los conocimientos campesinos se van perdiendo y, para los más jóvenes, resultan algo arcaico.

El hombre moderno ve cómo su vida la organizan entes demasiado grandes y lejanos para comprender su funcionamiento. Su salud, educación, información, la vivienda, la alimentación y todos las necesidades fundamentales están en manos de gigantescas compañías interconectadas entre ellas. Si este ciudadano les otorga su confianza, el sistema seguirá como si nada. Si por el contrario, el ciudadano adquiere conciencia de su verdadera situación y entiende hasta qué punto su vida depende de estas multinacionales para quienes es sólo un pequeño eslabón, el cambio puede ser posible y, en este proceso, la autonomía e independencia campesina puede servir de referencia para comenzar a construir una nueva organización social.

Aunque la actual situación invite a dejarlo todo y salir al monte en busca de la pureza, la solución pasa por buscar una autonomía material, social y política en el lugar donde se vive, una libertad que permita emanciparse del sistema que se nos quiere imponer y con el que ya no estamos de acuerdo. No se trata de renegar de la sociedad actual, sino de hacerla evolucionar hacia donde queremos que evolucione. Nada mejor que rescatar el alma campesina y cultivar alimentos, crear comunidad de forma paciente, construir nuestro propio hábitat y producir nuestra propia comida. Esto es posible aquí y ahora.

Escapar del entramado organizativo de la sociedad capitalista actual, independizarse poco a poco del estado, del sueldo, del dinero y de las empresas en la actual crisis económica, política y ecológica, pasa a ser algo necesario en un futuro muy cercano. Esta no es ninguna utopía, sino un proyecto razonable además de posible.

¿Y el cambio climático?

28 diciembre, 2010 Deja un comentario

Durante el año 2009, el cambio climático y la lucha necesaria para mitigarlo copaban tanto las agendas de los políticos como las portadas de muchos medios de comunicación internacionales. Según los principales responsables de la comunidad internacional, el futuro del planeta estaba en juego, por ello se preparaban para llegar a unos acuerdos que evitaran catástrofes anunciadas en la cumbre de Copenhague (diciembre 2009).

Hoy en día, después de que la tan esperada cumbre resultara un absoluto fracaso, el cambio climático y sus demoledores efectos parecen haber desaparecido de la actualidad política internacional. En la última reunión celebrada en Cancún, cuya relevancia mediática fue muy inferior, parece ser que lo que se ha alcanzado es un acuerdo para seguir hablando, no para luchar efectivamente contra el cambio climático. Es como si se estuviera a punto incluso de dejar de reunirse para tan ambiguo objetivo.

Como hemos podido observar por desgracia, las catástrofes naturales siguen sucediéndose. En estos últimos meses hemos asistido a varias desgracias en forma de incendios, sequías, inundaciones, crisis alimentarias, temperaturas extremas etc, que muestran la realidad de un desajuste climático que se viene anunciando desde hace más de 50 años.
Por su parte, los responsables políticos internacionales, tal y como muestran los resultados de sus últimas reuniones, parecen recular en lugar de avanzar y su parálisis decisoria resulta altamente paradójica. Incluso importantes representantes de las Naciones Unidas ponían recientemente en duda la capacidad o la disposición de los actuales responsables para llegar a alcanzar cualquier acuerdo positivo.

El principal objetivo de todas estas cumbres e inoperantes reuniones era, según cálculos de los científicos expertos, asegurar que la temperatura global del planeta se limitaría a 2°C. Conseguir este objetivo suponía para los países industrializados un esfuerzo que los llevara a reducir sus emisiones de gas de efecto invernadero para 2020 entre un 25 y un 40% de las cifras registradas en 1990. Un resultado perfectamente alcanzable si se ponen en marcha las estrategias necesarias y se llevan a cabo los programas adecuados para los diferentes sectores de la economía. Otro requisito indispensable y que parece imposible de alcanzar es el de lograr acuerdos entre los representantes del rico e industrializado norte y sus colegas de los países emergentes del sur, concentrados ambos básicamente en sus intereses nacionales.
Faltan 10 años para que se cumpla el plazo calculado y se hayan reducido las emisiones en el porcentaje calculado y las cuentas no sólo no cuadran, sino que parecen cada día más difíciles de alcanzar. Según los compromisos tomados en la actualidad por los países industrializados, los objetivos de reducción de emisiones no llegarían ni a la mitad de lo necesario. En países que han mostrado una clara voluntad y esfuerzo sólo se han conseguido igualar las emisiones de 1990.

Los países emergentes, amparándose en su papel de víctimas de los excesos de los países ricos y de los efectos del cambio climático, exigen a cambio de sus compromisos que sean éstos los que se comprometan a realizar los mayores esfuerzos. No les falta razón en sus propuestas a este grupo de naciones, y los países del norte tampoco se atreven a rebatírselas y a incitarles a no seguir un modelo que ellos mismos inventaron. Además, para que los países emergentes implanten las estrategias necesarias para luchar y adaptarse a los efectos del cambio climático y un modelo económico acorde con los retos del futuro, necesitan un dinero que no tienen, que los países ricos les prometieron en Copenhague y que aún no les han enviado (para 2020 se habla de una cantidad de 100.000 millones de dólares).

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