Pues otra de patatas
Volvemos de los países nórdicos y lo hacemos con la ilusión del emigrante retornado. Por la calle, nos paramos para disfrutar de los cálidos rayos del sol, entablamos conversación con los comerciantes que nos atienden y, de vez en cuando, nos adentramos en un bar donde se ofrece buen vino y algo de comer. Y, acodados a la barra, buscamos entre las tapas con ilusión. Paseamos la vista una y otra vez por la encimera y rastreamos la carta con el dedo sólo para, resignados, volvernos a oír pedir: “unas patatas, por favor”. Porque, después de tantos años, España sigue siendo España. Y aquí no se concibe una comida en la que no se encuentre un trozo de carne o de pescado. Así que, vegetarianos, y no digamos ya veganos, de buena mañana podéis empezar a colocaros sin echar nada al estómago que amortigüe el peso de los 15 grados riojanos. Bien, siempre están las aceitunas (“pero de las con hueso, ¿eh?”) y las patatas bravas. Y el omnipresente pincho de tortilla, pero a mí, que empiezo a ampliar mi campo de batalla e intento ahora evitar los productos animales en general, ya ni esta opción me vale.
De modo que no me hables del cambio climático, de los derechos de los animales ni del ahorro de recursos naturales, porque todo eso está muy bien en la teoría, pero cuando se sale de cañas se sale de cañas, y aquí no existe una barra de tapas que lleve ni uno de esos principios a la práctica. Así que, si quieres vivir en España y disfrutar de sus placeres, o te vuelves a hacer carnívoro o te inflas a patatas. En esas estaba precisamente el otro día mientras leía en el periódico que el Partido Animalista de Tordesillas aún no había logrado identificar a sus 26 votantes, que se esconden en el anonimato para no sufrir las consecuencias de defender los derechos de los animales en un lugar donde se maltrata sin miramientos al toro durante las fiestas locales. Pues eso: que, mientras en otros países la venta de huevos del tipo 3 desciende al hacerse públicos los horrores que sufren durante su vida las gallinas enjauladas, aquí no sólo defendemos y nos jactamos de una tradición injusta, cruel y terriblemente violenta, sino que, además, apaleamos a quien se opone a ella. No pertenece a nuestra cultura preguntarnos por qué alguien se empeñaría en defender a un animal, o por qué se negaría a comer alimentos obtenidos mediante la crueldad. Ya sé, ya sé que estoy generalizando, pero es que no me explico por qué, en bares y restaurantes, no se ofrece una alternativa para la demanda del creciente número de vegetarianos, no digamos ya veganos. ¿Qué hay de malo en añadir a la carta una tapita de pisto? ¿O una buena tosta de humus o ensalada de tomate?
Recuerdo que, en Alemania, en una visita rutinaria a mi médico de cabecera, solicité unos análisis para asegurarme de que mi dieta no me estaba perjudicando. La doctora me miró sorprendida por encima de las gafas.
“Pero, ¿usted se encuentra bien?”
“Mejor que nunca”, respondí.
“Claro”, dijo ella afirmando con la cabeza. “Yo también soy vegetariana y, ¿le parece que tengo mal aspecto?”. No lo tenía ni entonces ni todas las mañanas que la había visto yo acudir al trabajo en bicicleta. “Lo que hay que comer son patatas”, me indicó con gravedad. “Una buena alimentación con muchas patatas es todo lo que el cuerpo necesita”. Salí de la consulta sonriente, satisfecha.
Así que, sentada a la barra del bar, recuerdo mis tiempos en Alemania y casi añoro los platos vegetarianos que allí sí encontraba. Aquí, ya puedes hartarte de patatas. Como las lentejas, las tomas o las dejas. Vuelvo a pasear la vista por el expositor, por el rico surtido de tapas de chorizo, queso, jamón, empanada… Suspiro, me encojo de hombros y me dirijo con resignación al camarero tras la barra:
“Pues va a ser otra de patatas”.
El cambio necesario, nuestro cambio
Justo ahora en época de elecciones es cuando el ciudadano debe reflexionar acerca de su futuro. Si queremos que “esto cambie”, no podemos pensar que un partido o un hombre vendrán para sacarnos del agujero, nadie será tan providencial como para solucionar nuestros problemas de un día para otro, ni siquiera de un mandato a otro. El cambio, el verdadero cambio, lo debemos iniciar nosotros mismos, es decir, debemos cambiar nosotros para propiciar que cambie aquello que no nos gusta o que no queremos apoyar.
En el día a día hay muchas cuestiones que resolver, a veces, el panorama no es tan negro como lo pintan, o simplemente las soluciones son mucho más factibles de lo que podemos pensar. Por eso el ciudadano debe preocuparse por comprender el funcionamiento del mundo, cómo se articulan los mecanismos de la sociedad en la que vive. Debe exigir transparencia, información. Sólo es posible iniciar un cambio cuando uno sabe donde se encuentra. Hoy en día nos quieren convencer de que todo gira en torno a la economía, parece que el único problema al que nos enfrentamos es el índice bursátil, un cambio insignificante para arriba o para abajo se convierte en la noticia del día. Una mañana nos encontramos al borde del precipicio y otra hemos logrado atajar esa herida que nos iba a desangrar. El ciudadano vive en vilo permanente, poco a poco esas noticias le erosionan el ánimo, le van haciendo daño y lo van acorralando. No hay dinero, no circula el capital necesario para que se puedan abrir nuevos negocios y los que hay se ahogan por falta de crédito. Pero, nos hemos preguntado ¿qué se está haciendo para encarar un futuro tan incierto como el que nos presentan? ¿Qué papel podemos jugar para luchar contra todo este atropello mediático? Como simples ciudadanos ¿podemos hacer algo?
Los países se están vendiendo, son como empresas a la deriva cuya producción no les basta para sobrevivir. El grave problema es que quienes aparecen como candidatos a sustituir a los dirigentes políticos son empleados de los grandes grupos capitalistas cuyo objetivo, como buenos empresarios, es el beneficio económico ante todo. Pero ante la crisis ecológica y de recursos naturales del planeta, ¿cómo podemos imaginar a estos grupos financieros que sólo se interesan por lograr beneficios económicos al mando del mundo? La fórmula nos dirige sin remedio hacia la catástrofe.
Mientras que la crisis económica se ha convertido en el “monotema” de los medios de comunicación de todo el mundo, asuntos como el cambio climático han pasado al olvido. ¿Cómo puede ser que temas tan trascendentales como la crisis energética, el hambre, la escasez de tierras de cultivo, la erosión y el más que probable y ya casi inevitable desequilibrio climático pasen de repente al baúl de los recuerdos? Antes de la Cumbre Climática de Copenhague, la atención mediática se concentraba en el rumbo que iba a tomar el mundo. Esto fue todo. Después del fracaso, un asunto tan crucial para el futuro inmediato de tantos millones de personas pasó a mejor vida. Actualmente se ha pasado del escepticismo a la negación, ahora los medios de comunicación tratan el tema como algo secundario e incluso como un freno a la salida de la crisis. Definitivamente el mundo se ha vuelto loco.
Mientras el caos avanza, el debate político se entretiene contando el dinero que se ahorrará el país recortando presupuestos. Estos recortes afectan casi siempre a los más desfavorecidos de la sociedad. En Portugal el agua y la electricidad subieron de repente un 23%, los transportes públicos un 15%. Pero ¿alguien se cree que esto solucionará algo? No sería más adecuado modificar la movilidad de las ciudades para que cada año murieran menos personas debido a la contaminación. Sólo con que la concentración en el aire de partículas finas procedentes de los automóviles descendieran un 25%, se conseguiría un ahorro en tratamientos médicos y bajas laborales que superaría con creces las cantidades resultantes de las subidas de tarifas de servicios básicos y demás recortes al bienestar ciudadano. Entonces, ¿qué quieren conseguir presionando aún más al ciudadano que vive sumido en una angustia permanente?
Gane quien gane las elecciones del 20N en España, es muy posible que todo empeore. Además, el daño en muchos sectores puede ser irreversible. Cuanto más tarde el ciudadano de a pié en darse cuenta de que la solución pasa por un cambio de mentalidad propia, más difícil será iniciar el camino correcto.
Porque hay un camino que lleva a la concordia, porque es necesario acentuar la atención en las cosas que nos unen antes que en las que nos separan. Sólo una toma de conciencia global de toda la gente que se sabe estafada hará que todo esto comience a cambiar. Las emisiones de los países no son más que el conjunto de gestos que llevan a cabo a diario sus ciudadanos. La contaminación que nos mata es el resultado de acciones que llevan a cabo los ciudadanos o de aquellas empresas que venden sus productos por mucho impacto que su fabricación suponga. La torpeza de los políticos es en parte responsabilidad de quienes le otorgaron la confianza.
Sólo nos vale reflexionar. Ir a votar cada 4 años no es la solución. Pasar a la acción y comenzar a gestar el cambio es querer de verdad cambiar.
La catástrofe puede esperar, aún se debe ganar mucho dinero
Los medios de comunicación no paran de hablar de la recesión económica, del abismo que estamos bordeando, del peligro que puede entrañar la desaparición del euro. Es este un verdadero acoso a la moral del ciudadano, es una herramienta de la estrategia dirigida a acorralar a aquellos más débiles en un círculo de miedo y pánico. Sin embargo, y aunque parezca paradójico, una encuesta llevada a cabo en junio de 2011 por encargo de la Comisión Europea y, más concretamente, de la Dirección General Acción por el Medioambiente, revela que los ciudadanos europeos están mucho más preocupados por la degradación medioambiental y por la crisis ecológica que vivimos que por las sucesivas caídas de las bolsas europeas e internacionales o la recalificación de la deuda de los países. Según los datos, más de dos europeos de cada tres estiman que el cambio climático constituye un problema muy grave y casi el 80% cree que tomar medidas para luchar contra él sería beneficioso para la economía y el empleo. El cambio climático es considerado por los ciudadanos europeos el segundo problema más grave tras la pobreza, el hambre y la falta de agua potable (considerados como un único problema). Más de la mitad de los ciudadanos europeos afirman haber realizado gestos para combatir el cambio climático en los últimos años. Por lo tanto, el acoso intensivo de los medios y responsables políticos no está teniendo, de momento, el efecto que seguramente buscan quienes lo potencian. El poder económico desearía que las encuestas situaran a la crisis económica y al empleo en primer lugar en el ranking de preocupaciones de los ciudadanos. Y eso no es así debido a que el ciudadano está cada vez mejor informado; los medios tradicionales, casi todos en manos del gran capital, pierden poco a poco su credibilidad y sus usuarios son cada vez menos, además de más fanáticos. En el panorama español existen numerosos ejemplos de lo que estoy contando.
En política pasa prácticamente lo mismo: aquellos que desde siempre votan una ideología determinada no ejercitan la reflexión ni valoran la información a la hora de dar su confianza al partido de toda la vida. El voto se convierte en una cuestión de fe más que de ideales o de razonamiento. Es por ello que se necesitan nuevas ideas y nuevos planteamientos políticos que limpien y aireen el actual panorama. Veremos lo que ocurre el 20N.
La crisis energética
Pocos medios hablan sobre uno de los verdaderos problemas a los que se enfrenta la humanidad: la crisis energética y las escasas soluciones que existen a día de hoy. Toda la maquinaria industrial y prácticamente todas las actividades económicas giran en torno al petróleo. El precio del barril es el verdadero quebradero de cabeza de las grandes compañías y de los países. Sin embargo, el tema pasa desapercibido y, cuando se trata, se hace de forma poco rigurosa y siempre tratando de desdramatizar. Para averiguar el verdadero estado de la situación actual de las reservas hay que observar con ojos muy críticos los movimientos de las compañías e incluso de los gobiernos de los países industrializados. En este orden de cosas, el asunto de los agrocombustibles nos da una pista definitiva para intuir la verdadera situación.
El poder político es hoy en día el portavoz o intermediario del poder económico y el crecimiento su mayor obsesión. Tomemos por ejemplo la nueva política adoptada por el gobierno británico, que pretende reactivar el crecimiento económico aumentando el límite de velocidad permitida en las autopistas. Los gobiernos entienden que su deber es mantener el nivel de vida con sus índices de consumo entre la población. Este planteamiento es hoy en día una verdadera locura y existen ya muchos estudios que explican detalladamente que, de continuar con el actual ritmo de crecimiento y producción en el mundo, harían falta varios planetas para soportarlo. Por lo tanto, ¿a qué viene tanta obsesión por recuperar los índices de crecimiento?
Los agrocombustibles son una de las últimas armas para mantener dichos niveles de crecimiento, ya que son vistos como sucesores de un petróleo cada vez más caro y escaso. Pero los agrocombustibles suponen un tremendo impacto sobre la alimentación (las tierras ya no producen alimentos) y el medioambiente (deforestación). Dado el actual ritmo de crecimiento demográfico, dedicar tierras de cultivo (en Estados Unidos, el 40% del maíz se destina a la producción de agrocombustibles; en Europa, los agrocombustibles representan ya el 4% del total de combustibles) a producir agrocombustibles es una enorme irresponsabilidad que incluso podría catalogarse como delito. La hipocresía de los políticos europeos es tal que los agrocombustibles son presentados como un arma estratégica de lucha contra el cambio climático, cuando todo el mundo sabe que lo agravan. En resumen, los políticos no ven los agrocombustibles como la salvación medioambiental del planeta, sino como un puro y ventajoso negocio que, hasta que ellos mismos lo denuncien, aportará grandes cantidades de dinero a quienes lo gestionan. Esta práctica ya la hemos visto en otros sectores, por lo que no nos debería extrañar cuando suceda.
Mientras el bosque indonesio muere y ve cómo se llena de palmeras que aportarán el tan preciado aceite vegetal, mientras el hambre mata a millones de seres humanos, la agencia europea del medioambiente hace balance de las emisiones y se vanagloria de haber registrado un descenso de un 10,7 % respecto a 1990. Dicho descenso, afirma, se debe a la transición del carbón al gas natural y al fuerte crecimiento de las energías renovables, crecimiento en el que los agrocombustibles juegan cada vez más un papel principal.
Contra la mentira de la crisis: solidaridad e ilusión
Si uno conecta la radio a la hora de las noticias, si lee varios periódicos en papel o digitales, va a encontrarse, con toda seguridad, con la palabra crisis. Llevamos unos años escuchando la misma palabra, todos los tertulianos o los articulistas hacen referencia al mismo tema. Pero, ¿sabemos de verdad lo que está ocurriendo? Y si es cierto que estamos atravesando una crisis, ¿qué tipo de crisis es esta? ¿ A quién le afecta más y cómo? ¿Qué podemos hacer ante este grave problema? Si hay dinero para ciertas cosas o eventos que no son ni mucho menos imprescindibles ni de interés general, ¿por qué no se destinan esos fondos a asuntos más urgentes como los sociales? Si de verdad estamos tan mal, ¿cómo es posible que muchos sectores sigan enriqueciéndose y aumentando sus beneficios? ¿Cómo es posible que el Estado, en plena crisis económica, destine miles de millones de euros para la compra de helicópteros de guerra? En fin, un ciudadano que quiera reflexionar sobre la actualidad se dará de bruces con muchas incongruencias que delatan a quienes no cesan de alarmar a la población con mensajes catastrofistas. Los políticos parecen profesionales a sueldo de las grandes corporaciones, alejados para siempre del electorado y sus problemas, se han convertido en mercenarios cuyo único objetivo parece ser el de asegurarse un puesto en cualquier sector.
En todas las sociedades del mundo se distingue un problema común: la gran masa ciudadana carece de una idea básica y común que les permita conservar su libertad personal mientras viven de forma cívica y sostenible. A través de los medios de comunicación se moldea la masa social con relativa facilidad, se crea una opinión masiva que juega a favor de quienes ostentan el poder. No es posible que el ciudadano de a pie no se plantee ciertas cuestiones relativas a temas tan cercanos como la alimentación, la sanidad, la economía local etc etc. Esta carencia de información está provocada y es la verdadera arma afilada del poder. Arma que amenaza día a día al ciudadano, y que acaba por acorralarlo vencido por el miedo.
Ahora, en la situación en la que nos encontramos, sólo nos queda una opción: reaccionar. No podemos dejarnos vencer por los pésimos augurios que expande el poder económico a través de sus empleados los políticos, el ciudadano ha de elevar la voz, mostrar su descontento y ponerse a trabajar en la creación de comunidades solidarias que palien los desordenes creados por esta doctrina del miedo. Mucha gente está pagando ahora la falta de reflexión que les empujó a “desordenar” su vida cuando tenían un sueldo que creyeron eterno, cuando éramos una “potencia económica mundial”. No es momento de recordar esos errores, no queda más remedio que aprender de ellos y reaccionar para subsanar los males que engendraron. Crear unas comunidades paralelas en las que se compartan los bienes y alimentos, los conocimientos y la amistad. El ser humano necesita esa afección para sentirse fuerte, es muy importante que la gente desahuciada o excluida de la sociedad no se sienta sola. Todos somos importantes, ahora más que nunca.
El camino que va a seguir el mundo se adivina con facilidad. Una vez el gran capital se haga con el control de los servicios públicos y pueda cobrar por ellos como hacen en sus negocios privados, el mercado laboral comenzará a funcionar de nuevo (claro, siempre con un “aconsejable” porcentaje de parados para “conservar” el miedo general a perder el puesto de trabajo). Nos quieren como clientes, siervos de un aparheid internacional. Quieren controlarlo todo, desde nuestros menús hasta nuestra digestión. No estamos viviendo una crisis, no somos culpables de casi nada (de lo único que sí somos culpables es de haberles seguido el juego en su día) de lo que se nos acusa. Es pura estrategia política para cercarnos más aún, para dominarnos completamente. Todos estos planes de ajuste presupuestario no son más que excusas para introducir las empresas privadas en el domínio público, para acaparar lo que en teoría fue creado para uso del pueblo con el dinero proveniente de la fuerza laboral del pueblo.
Una vez la gran masa se paralice por el miedo, ellos habrán vencido, entonces tendrán vía libre para implantar su sistema basado en la rentabilidad de todo y absolutamente todo.
Ante este escenario sólo vale la unión, si nos quieren convertir en sus clientes nos negaremos a comprar sus productos (hay que producir alimentos locales para consumo local, hay que fomentar el trueque de todo tipo de bienes y servicios), el ciudadano concienciado debe unirse para hacer frente a esta estafa global, a un mundo creado para que unos pocos vivan a costa de todos los demás. El mundo que aparecerá cuando los medios de comunicación dejen de hablar de crisis será un mundo manco, cojo, enfermo, un mundo incompleto al borde del caos climático y ecológico. El mundo que quieren construir tendrá varias categorías delimitadas por la capacidad económica de sus habitantes, un mundo de reyes y siervos.
Es necesario invertir la tendencia, demostrarles que se equivocan con su estrategia, es hora de recordárselo y darles la espalda. Basta con vivir una vida de bajo impacto rica en sensaciones, limpiar el aire, el agua y los alimentos de veneno, basta con apostar por una vida más lógica sin la necesidad de consumir para demostrar ser alguien, sin que nadie sea más que nadie y todos seamos necesarios en la misma proporción.
No es una utopía, es una necesaria ilusión.
La industria ecológica andaluza: “verde que te quiero verde”
En dos años, de 2008 a 2010, Andalucía ha visto como su industria ecológica crecía un 50% . La elaboración de productos agrarios mediante métodos ecológicos ha registrado un sustancioso auge. De esta forma se revaloriza el producto andaluz al mismo tiempo que se dinamiza la economía de las zonas donde se cultiva y elabora.
Tl y como afirma de forma muy acertada en su nota la Consejería de Agricultura y Pesca de Andalucía, “hay que incentivar a aquellos productores que apuesten por este tipo de producción basada en una óptima utilización de recursos naturales, que no emplea productos químicos y que permite conservar la fertilidad de la tierra respetando el medio ambiente de forma sostenible y equilibrada”.
En el actual estado de las cosas, en este escenario económico y de empleo catastrófico fruto de la globalización y la masiva deslocalización de empresas, noticias como ésta aportan algo de luz a este enorme túnel. Si existe un tipo de industria que debería crecer, si se puede permitir crecer a alguna actividad económica, esta debería ser la agroecología. Es urgente y necesario crear puestos de trabajo sostenibles, que logren un reparto de la riqueza igualitario, que miren al futuro con la seguridad de que se están haciendo bien las cosas y que nada va a venir a malograr un trabajo bien hecho. Las exigencias del planeta lo exigen, además de la maltrecha economía local y la salud de las tierras de cultivo. España puede y debe liderar la producción de alimentos ecológicos tanto frescos como elaborados en Europa. El clima y las condiciones de la tierra lo permiten, el resto debe correr a cargo de los responsables políticos cuya tarea se muestra imprescindible para incentivar los métodos ecológicos en el campo de Andalucía y de todo el país. Las barreras burocráticas deben pasar a la historia, es hora de agilizar los procesos y de apostar por el futuro sin más.Si se han perdido puestos de trabajo en sectores que han tocado fondo o están completamente desfasados con la realidad del planeta, no queda otra más que analizar la situación y convencerse de una ver por todas de que estos trabajos han desaparecido para siempre y ponerse manos a la obra en la creación de otro tipo de empleos más sostenibles, locales y con futuro.
La vía que muestra Andalucía bien podría trasladarse a Extremadura, Castilla u otras regiones cuya tradición agrícola se perdió por culpa de unas promesas de riqueza que se han desvanecido. El ámbito rural esconde muchas claves para salir de la crisis. Quizás el futuro pase por recuperar un pasado cuya muerte se anunció de forma precipitada, quizás aquellas promesas tenían fecha de caducidad. Para entenderlo basta con ver la cola en las oficinas de empleo, de los centros de ayuda social o los albergues y parques cuando cae la noche.
Como he leído hace poco no recuerdo donde, “El futuro será verde o no encontrará un lugar para desarrollarse>”.
La conquista del espacio público
Camino por la ciudad bajo la ola de calor. Deambulo por sus calles, que asumen mi presencia sin exigir nada a cambio, sin preguntar dónde he estado todos estos años. Arrimadita a las fachadas, saltando de sombra en sombra para evitar que los rayos de sol terminen de abrasar mis ya lastimados hombros, escucho el motor de los aparatos de aire acondicionado que zumban sobre mi cabeza y que, de vez en cuando, dejan caer unas gotas de agua a mi paso. Aquí, en las calles de mi recuerdo, los árboles en las aceras son testigos inalterables de la vida que pasa ante sus ramas. A sus espaldas, los bares vacíos, los escaparates polvorientos y los carteles de traspaso forman ya parte de la rutina del paisaje urbano. Y, por las pistas infernales que forma el asfalto, los demonios enlatados se abren camino malhumorados, frenando y acelerando, chispeando los ojos y rechinando los dientes en cada semáforo.
Así es la ciudad de mi recuerdo: caliente pero mezquina, hiriente y, últimamente, vendida. Por sus arterias, los chirimbolos, los megacarteles y las pantallas de televisión han tomado el espacio público para hacernos creer que este ya no es nuestro. La grotesca invasión nos lleva a confundir lo público y lo privado y sus incansables mensajes, meros mantras de los intereses económicos de algunos, pasan por ser abanderados del bienestar y la libertad de elección de todos.
Pero, en estos últimos meses, algo ha cambiado. Las acampadas, las marchas, las manifestaciones y las asambleas no solamente han evidenciado el rotundo malestar de los ciudadanos. La fuerza que emana de estos encuentros radica en la libertad con que sus participantes utilizan el espacio público para buscar a quienes piensan como ellos y formar una unión. Al grito de “toma la calle”, los jóvenes y no tan jóvenes del país han levantado pancartas publicitarias para construirse carpas bajo las que refugiarse de la lluvia. Los participantes del movimiento han logrado que, durante unas semanas, los lugares por donde normalmente pasamos de puntillas se transformen en puntos de encuentro, pequeñas repúblicas independientes en las que el visitante puede pasear, sentarse a leer un libro, comer algo, conocer a gente con ideas afines, interesarse por el movimiento y, si así lo desea, entrar a formar parte de él. Es en estas pequeñas repúblicas donde el individuo cobra de nuevo valor, porque cada habilidad, cada pequeña ayuda, es bienvenida en la construcción y mejora de la improvisada infraestructura. No son pocos los que lo han dejado todo al encontrar en el trabajo a pie de calle su verdadera vocación. Como una colonia de hormigas, los indignados nos han mostrado cómo el esfuerzo común puede lograr aquello que hemos dejado de esperar de nuestros políticos. Solamente unidos podremos lograr que nuestras ciudades dejen de pertenecer a la publicidad y a los negocios de particulares y políticos para volver a ser realmente nuestras.
Algún extemporáneo aún ve los sucesos como una oportunidad para saciar sus ansias de venganza contra la vida y exige violencia a un movimiento radicalmente pacifista. “Son unos utópicos”, concluye rancio ante las manos alzadas de los manifestantes. Decía Eduardo Galeano que la utopía es aquello que vislumbras en el horizonte, que sabes que nunca puedes alcanzar pero que te ayuda a seguir caminando. En los bares, en las encuestas, en el ciberespacio, la inmensa mayoría apoya al movimiento del 15M, porque sus planteamientos están cargados de sentido. Mediante su extensión a los barrios, en silencio, el movimiento sigue avanzando hacia un mundo más justo y cada vez somos más los que quedamos diciendo aquello de “nos vemos en la plaza”.
¿Hacia dónde caminaremos?
En la vieja Europa, en todas las naciones que conforman la Unión, se está instalando un sentimiento de pesimismo y malestar entre la mayoría de los ciudadanos. Hablar de futuro con gente de Portugal, Francia, Bélgica o Alemania, equivale a escuchar historias más bien escépticas, grises y pesimistas . En estos momentos, casi todos los países están gobernados por partidos políticos de parecida ideología. La derecha, aupada por una crisis financiero económica ecológica y de espíritu, se ha hecho con el poder y prepara nuevos planes para ajustar los déficit públicos de sus respectivos países. Si se leen o escuchan atentamente las declaraciones de muchos de esos líderes, es difícil no sentir un desasosiego interior e incluso miedo. La crisis se palpa entre la población, sobre todo en las zonas en las que viven mayoría de trabajadores, en los barrios más pobres y en los que más ayudas públicas se deberían destinar. Las anteriores recesiones económicas se aliviaron a base de impulsar la economía inyectando dinero y fomentando la inversión pública para crear empleo, sin embargo, las nuevas recetas neoliberales de la mayoría de gobiernos van en un sentido completamente opuesto. Si pretenden salir de la recesión ajustando al máximo el gasto público y recortando sueldos, la incertidumbre se irá adueñando de la población. El resultado de esta fórmula hipócrita e insensible no se hará esperar, la segunda mitad de 2011 puede ser muy caliente.
Estamos asistiendo a una verdadera caída de un sistema que ya sólo acierta a balbucear. Las contradicciones de la mayoría de gobiernos a la hora de aplicar o dejar de aplicar ciertas leyes o medidas muestran con suma claridad la agonía de las ideas y la total sumisión de los representantes políticos al poder económico. Es, sin duda, la hora del ciudadano. El pueblo debe comenzar a cambiar su mentalidad barrio a barrio, la seguridad alimentaria y la subsistencia debe ir procurándosela él mismo, no se puede esperar nada de un sistema al que casi no le queda pulso. Pero la muerte de un sistema no significará que el ciudadano, liberado y concienciado, encontrará vía libre para desarrollar sus proyectos e instaurar un nuevo sistema más justo y eficaz. La muerte del capitalismo puede dar paso a una época peligrosa dominada ya sin máscaras por la mafia. El escenario puede ser desolador. En esa nueva transición, el ciudadano debe armarse de inteligencia, la unión será más importante que nunca.
Hay un sistema que se derrumba, entre sus escombros, los más poderosos ya están tomando posiciones. Por otra parte el pueblo va lentamente entendiendo lo que ocurre cada vez con mayor convencimiento y claridad. El choque frontal está cada vez más cerca. Sólo falta ver el efecto y la magnitud del accidente para adivinar hacia donde caminamos.





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