De la industria peletera y una noche de insomnio


Un sueño inquietante me ha despertado de madrugada. Aún aturdida, falta de sueño, después de dar unas cuantas vueltas me he decidido a levantarme de la cama y sentarme al ordenador. Kuka, que duerme a mis pies, ha preferido quedarse otro rato y aprovechar el silencio de la noche para echar un sueñecito. Chino, sin embargo, en seguida ha visto la oportunidad de ganarse un rato extra en la calle y se ha subido a mi regazo para hacerme carantoñas. Le acaricio. Qué suave eres. Los hay que se harían un llavero contigo, pienso espantada.

Y es que ayer, por primera vez, me enfrenté a la tarea de escribir sobre un tema que ya no podía seguir posponiendo: la industria peletera y sus prácticas con los animales. Resulta que los animales están siendo las víctimas colaterales de la globalización, de nuestro afán por comprar barato y el empeño de la industria por seguir creciendo y reduciendo los costes de producción. Resulta que, al igual que hay fábricas al otro lado del mundo donde los trabajadores se encuentran en condiciones de esclavitud para que nosotros mantengamos nuestro ritmo de vida, también hay granjas de extracción de pieles donde los animales se mantienen hacinados en jaulas de las que solamente salen para ser despellejados. Como los métodos de muerte compasiva resultan excesivamente caros, estos animales suelen sufrir un destino cruel y doloroso. En estas naves de muerte no solamente se encuentran zorros y visones, sino también animales de compañía, gatos y perros de raza, cachorros muy codiciados por la calidad de sus pelajes. Las pieles se utilizan en la confección de abrigos, pero también para adornar otras prendas como capuchas, ribetear guantes y botas, hacer juguetes, llaveros… El tétrico listado no tiene fin. El motivo de esta crueldad es el precio de las pieles: sale mucho más barato capturar, mantener, sacrificar y despellejar a todos estos animales que producir su equivalente artificial.

¿Y dónde quedan los derechos de los animales? ¿Para qué sirve el reconocimiento oficial de sus sentimientos, de su capacidad de sentir dolor y sufrir? Ciertamente, los países “desarrollados” prohíben estas prácticas con los animales domésticos, pero son muy flexibles a la hora de legislar sus importaciones. Tanto, que lo único que tienen que hacer los productores es etiquetarlos con nombres tan ambiguos como gae-wolf, goupee, Asian wolf, China wolf, Mongolia dog fur, Sobaki, Pommern wolf, dogue de Chine, y loup d’Asie para la piel de perro; los productos de gato se etiquetan como rabbit, maopee, goyangi, katzenfelle, natuerliches Mittel, chat de Chine, y gatto cinesi.
Dispuesta a informar sobre un concurso de cartelería contra estas prácticas, me resultó inevitable enfrentarme a la penosa tarea de documentación y ver películas e imágenes que se han quedado grabadas en mi retina, me han provocado insomnio y me han forzado a levantarme para escribir este post.

El gato sigue yendo y viniendo de mi regazo, intentando convencerme de que le deje salir a la calle. Vivimos en Alemania, en la zona fronteriza con Suiza, donde las asépticas empresas farmacéuticas helvéticas instalan sus naves de producción y, se dice, de experimentación con animales. La mano de obra es más barata a este lado del Rin, y las leyes de protección de animales menos estrictas. A menudo, los periódicos locales publican informes de la policía sobre la localización de trampas para gatos, e instrucciones a los propietarios para que presten la adecuada atención a sus animales de compañía. No son pocos los gatos que desaparecen sin dejar huella en la región. En las calles, algunas veces un vecino solidario coloca carteles de aviso “¡Atención, cazadores de gatos!”.

Por lo que a mí respecta, en esta casa no se abren las puertas hasta que amanece, ya puede protestar el gato. Él bien sabe que no son horas, y tras un rato de carantoñas y ronroneos asume su condición de confinado y se retira a un rincón a seguir durmiendo.

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