Las ratas


Este año, volvemos a batir un récord histórico: de nuevo estamos viviendo el invierno más frío que se recuerda. Con temperaturas diurnas por debajo de cero grados, las calles heladas y ni una sola hoja en los escasos árboles, me pregunto cómo sobreviven los animales en un clima que, en teoría, se beneficiaba de las corrientes oceánicas para mantenerse templado durante todo el año. Por otro lado, el país apenas cuenta con árboles: los centenarios robles fueron talados durante la época del colonialismo inglés para la producción de barcos y, aunque en la actualidad se empieza a apreciar su valor como recurso natural, aún no se ha llevado a cabo ninguna replantación masiva que devuelva a la isla su antiguo esplendor. En estas condiciones, leo en un libro que he adquirido sobre las aves de la región, las poblaciones de pájaros salvajes se verán mermadas, tanto las migratorias, provenientes de los países escandinavos en busca de unas temperaturas más benévolas en invierno, como las que pasan aquí todo el año.

¿Y no podemos hacer nada para evitarlo? Sí podemos, afirma un cartel en un comercio local. Comprar cacahuetes que, aunque son importados del otro lado del mundo y conllevan una enorme huella ecológica, además de ayudar a los pobres pajarillos devolverán la vida a tu jardín. Me dejo seducir por la promesa de llenar el jardín de colores y cantos y sólo cuando regreso a casa me doy cuenta del problema que puede provocar que los pájaros sean dependientes de los alimentos que les estoy proporcionando. En cualquier caso, como tan a menudo, los sentimientos son más fuertes que la razón, así que coloco la comida en el comedero que, de paso, también me han vendido en la tienda del pueblo, y me acodo en la encimera de la cocina esperando ver los resultados.

Por supuesto, durante la siguiente media hora ningún pájaro se acerca al comedero estratégicamente situado en las ramas de un arbusto frente a mi ventana. Cansada de esperar, me retiro de mi puesto de vigilancia y me dedico a buscar información sobre los pájaros que en cualquier momento podrían aparecer por mi jardín. Los pequeños herrerillos, los coloridos pinzones, los confiados petirrojos, los apreciados jilgueros… vuelvo a mi puesto de observación del que, al rato, me vuelvo a retirar, asumiendo que estas cosas llevan su tiempo.

Al día siguiente, el comedero está vacío. Me alegra que los pajarillos lo hayan descubierto, aunque me apena no haberlos visto en acción. Me imagino las coloridas alas revoloteando entre el ramaje, los ávidos picos dando cuenta de su botín y advirtiendo a sus compañeros del descubrimiento. Me sonrío y relleno el comedero, volviendo a mis tareas cotidianas y olvidándome temporalmente de él. Hasta que esta mañana, cocinando un plato de sopa contra el frío, he mirado por la ventana y he visto una enorme bola de pelos sentada sobre el comedero, el largo rabo colgando, llevándose los cacahuetes a la boca con las agitadas manos. ¡Una rata! Incapaz de reaccionar, he observado estupefacta cómo la importuna finalizaba su banquete y desaparecía entre las ramas frente a mi ventana.

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