Cuando el capital mira a los alimentos, acecha el hambre


Los inversores, las grandes multinacionales , las entidades financieras que mueven grandes capitales no paran de escrutar el mercado. Estos especialistas en generar beneficios sin tener en cuenta los aspectos éticos de cualquier posibilidad de negocio, rastrean todos los sectores existentes en el mundo suceptibles de revalorizar las participaciones de sus fondos de inversiones.

Los fondos de inversión, los índices y toda la parafernalia mercantilista, en muchos casos pasa desapercibida para el pequeño inversor quien, simplemente, contrata un fondo en un banco o contrata a un gestor que le gestione la inversión. La mayoría de ahorradores e inversores no tiene ni idea de a dónde va a parar su dinero ni qué causas o actividades promueve.

En tiempos de crisis aumentan los vaivenes y la incertidumbre en las bolsas mundiales, aumentando también el riesgo de ruina para unos y las posibilidades de ganar para otros. A su vez, las variables socioeconómicas que propicia la crisis economica, provocan que en muchos sectores aumente la permisividad o la relajación, aún más si cabe, de los principios éticos de muchos inversores. Y ahí entran en juego estos cazadores profesionales para elevar o hundir con sus transacciones desde una empresa a un país entero, para deforestar los bosques o desertizar las tierras, para contaminar las aguas o generar pobreza.

Un fondo puede ganar o perder valor en función de multitud de factores políticos y de condicionantes que se escapan a la opinión pública, aunque no es difícil imaginar que se trata de información confidencial que sólo circula en ámbitos en los que se mueve mucho dinero, mucho poder y mucha corrupción.

El mercado se fijó en la vivienda y la cosa acabó como todos sabemos. El mercado está en la industria farmacéutica y, aunque se trata por todos medios de ocultar, tenemos informaciones que nos permiten intuir la cantidad de aberraciones que se están cometiendo en el sector para conseguir los tan ansiados beneficios. Ahora parece ser que un mercado o una posibilidad emergente de forrarse es la tierra de cultivo y la producción de alimentos. Los grandes capitales están situándose para comenzar la batalla. Se habla de las tierras de cultivo como un producto seguro y de futuro. Se especula con el aceite de palma como un producto multiusos de inmensas posibilidades en la industria alimentaria e incluso en algún otro tipo de sectores. De lo que no se habla en esos círculos es de los daños que crea su cultivo industrializado en los bosques, de los que está a punto de desaparecer el orangután (Borneo, Indonesia). Pero eso no importa, el acetite de palma cultivado industrialmente en Indonesia forma parte de la cartera de muchos inversores.

Por lo tanto, el próximo capítulo de esta historia no es muy difícil de titular, “Cuando el capital mira a los alimentos, el hambre acecha”. Y no sólo eso, sino que con el ansia de enriquecerse, se explotarán aún más si cabe los recursos naturales de países pobres y se utilizarán más productos químicos de síntesis, más organismos genéticamente modificados etc. Hay que recordar que el mercado aconseja invertir en las grandes compañías productoras de abonos, pesticidas, fertilizantes y demás venenos, a quienes presenta como inversiones ganadoras.

La catástrofe esta servida. Con una población mundial creciendo y con una agricultura ecológica cuya producción (debido a que este método no comulga con las multinacionales de la química) se está estancando en muchos países, en los que se le recortan las ayudas que recibía (ver el caso francés), estamos expuestos, una vez más, a los caprichos del mercado. Estamos sometidos a la mano fría de seres sin sentimientos, de ogros del beneficios y de los verdaderos amos de todo esto. Ellos harán que comamos uno u otro producto, harán que ciertos métodos no funcionen o los salpicarán de polémica para hundirlos. Especularán con el hambre para aumentar sus beneficios.

Sólo queda resistir. Producir alimentos en comunidades, hacerse fuerte en unas convicciones que el mercado tratará de intoxicar. Los ahorros y las inversiones de los ciudadános deben servir para fomentar aquellas prácticas y métodos en los que creen, deben ser su arma pacífica, no las llaves de su cárcel.

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