Por qué mi tele siempre está apagada


Recuerdo que, cuando era pequeña, podía pasar horas frente al televisor. Recuerdo que volvía del colegio y encendía el aparato y veía los programas infantiles mientras me tomaba la merienda. El tiempo frente al televisor solía alargarse una vez acabado el colacao, ante la promesa de ver a mi personaje favorito o un nuevo capítulo de la serie que me tenía enganchada. Los programas más aburridos que venían después no eran suficiente para despegarme del televisor y el tiempo pasaba mientras yo cambiaba de canal en canal buscando algún programa que me satisficiera. Ni siquiera la publicidad conseguía alejarme del cacharro: por supuesto, tenía mis anuncios favoritos y recuerdo que hacía competiciones con mis hermanos para ver quién, una vez empezaba un anuncio, era capaz de adivinar más rápidamente de qué producto se trataba.

Más adelante, con la llegada de la parabólica, supongo que pasé a formar parte de lo que se denomina la generación MTV: podía pasar horas sentada frente al aparato absorta con los brillos del maquillaje y los vestidos de las nuevas ídolos del pop, hechizada por la simpatía de los presentadores o soñando con las giras de mis grupos favoritos. La televisión era aquella puerta a un mundo donde todos eran más guapos, más simpáticos, más reales que en el mundo donde yo vivía.

Con la llegada de los porros y el alcohol, aprendí a pasar noches enteras riéndome y banalizando, poniendo en práctica aplicadamente el que “me quiten lo bailao” porque, al día siguiente, siempre podría pasar el día tirada en el sofá, enroscada en una manta, dejando que la televisión absorbiera mis perezosos pensamientos…

Sí, el televisor ha sido un personaje muy importante en mi vida. No en vano, siempre creí que una casa la lleva quien tiene el mando a distancia. Y, sin embargo, ¡qué fácil resultó desengancharme! Sencillamente, en una de nuestras mudanzas decidimos no llevarnos el televisor y al establecernos en la nueva casa decidimos no comprar uno nuevo. Esta serie de decisiones, que en principio no parecen muy importantes, provocaron un giro en mi vida: de pronto tenía más tiempo para dedicarlo a mis actividades favoritas. Me encontraba con tardes enteras para leer, algo que ni siquiera recordaba. Empecé a hacer mis primeros pinitos en pintura, me aficioné al canto. Ya no había aburridas tardes de domingo frente al televisor. Me encontraba ante un mundo que quería ser explorado y yo contaba con energías para emprender miles de aventuras. ¿Dónde había estado todo este tiempo? ¿Cómo podía ser que no me hubiera dado cuenta de la presión a que estaba sometida, del engaño en que se había basado mi vida?

Hoy he visto un documental (Mind Control in America) que trata una curiosa teoría: según Steven Jacobson, la tecnología audiovisual de la televisión se utiliza como técnica de sugestión hipnótica o programación mental para hacernos vivir en una realidad paralela, ausente del mundo real. No sé hasta qué punto los datos que aporta son ciertos, pero en mi caso puedo garantizar que esta es la sensación.

Decía un anciano que la libertad comienza cuando te cruzas por la calle con una mujer impresionante y ya no sientes la necesidad de girarte. En mi caso, la libertad empezó cuando llegaba a casa y ya no encendía la tele.

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