De arañas, mosquitos y ratones


No sé muy bien cómo arrancar esta historia. Supongo que todo empezó aquel día en que, hace muchos, muchos años, me negué a matar una araña en el cuarto de mi hermana. Durmiendo como lo hacía en una habitación que daba a un ala del tejado, y sufriendo de una incurable aracnofobia, mi hermana siempre había acudido a mí para que la librara de los enormes, peludos visitantes de ocho patas que venían a instalarse boca abajo en algún rincón del techo, casi siempre justo encima de la cabecera de su cama. Solía ocurrir por las tardes. En el silencio de la casa, yo oía su grito desesperado y acudía presta, orgullosa de llevar a cabo una tarea que a mí me resultaba tan sencilla mientras que ella, que era más mayor, observaba horrorizada desde el umbral de la puerta, viéndome trepar por su cama o subirme a la silla o la mesa con la zapatilla en la mano, sin atreverse a dar un paso pero con la necesidad de seguir la operación, de ver el lugar donde caía la araña y ser testigo directo de su muerte. Pues bien, un día, por despecho, me negué a ayudarla en su terror. Seguramente me daba cuenta de que el motivo real de mi negativa era demasiado débil para constituir un argumento de peso, por lo que afirmé que “la araña también es un ser vivo” y ahí quedó mi hermana, paralizada contra la pared mirando el techo frente a ella.

Quizás fuera en ese momento donde empecé a reflexionar sobre los seres que comparten con nosotros el planeta. Quizás no. Lo cierto es que desde hace años vengo desarrollando un gran respeto por los seres vivos que, en ocasiones, me plantea dilemas que rozan el absurdo. Así, siendo como soy alérgica a la picadura de insecto ¿debería plantearme un problema moral espachurrar un mosquito de vez en cuando, en especial cuando lleva un rato rondándome y zumbándome en la oreja y no dejándome dormir? O, como en el caso de las ratas, ¿qué hacer cuando temes una invasión y te niegas a utilizar trampas o veneno, pero tus gatos resultan demasiado bobos o perezosos y no quieren colaborar?

Pues bien, ha llegado uno de esos momentos. En el capítulo de Las Ratas, (¿lamentablemente?) no fui la única que vio a los roedores subiéndose a los árboles para robar la comida de los pajarillos. El jardín no tardó en llenarse de veneno y trampas para ratones, y yo vi horrorizada cómo los animalillos encontraban y se llevaban felices el veneno a sus madrigueras, donde las aguardaba un penoso final. Problema resuelto. Ahora, desde hace unos días, a veces se oye un ruidito al otro lado de la pared. Ahora se oye aquí, ahora está allá. En las silenciosas tardes, alguien está royendo, royendo, en el aislamiento de nuestro hogar. “Tiene que ser un ratón”, le digo a mi marido. Los gatos también lo han oído, y concentran sus sentidos en el raca raca del otro lado. Y esta mañana, la prueba del delito: un agujerito en la base del saco de harina blanca; un agujerito en la base del saco de harina integral; y todo el armario lleno de las diminutas cagadas. Al menos sabemos que es pequeño. ¿Por dónde demonios ha entrado? Y, lo que es peor, ¿cómo vamos a sacarlo de aquí? Así que hoy ha sido día de zafarrancho de combate. Arremángate, que se nos ha colao un ratón. Y recoloca todos los armarios, saca los alimentos de los lugares accesibles, tira de lejía que hay que desinfectar las zonas afectadas. Y, ya que estamos, quita las cajas esas de en medio, que llevan ahí desde que hicimos la mudanza. Hay que desempolvar, lavar esas fundas renegrías, recolocar los zapatos (vaya lamparón en los cristales), pasar el aspirador… Al final, casi hasta se me ha pasado el disgusto.

Esta noche, los gatos se quedan dentro y las puertas de los armarios, abiertas, por si se le ocurriera asomar la nariz. Y miro a mi alrededor y pienso, hogar dulce hogar, y qué bien nos ha sentado tener un ratón en casa.

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