Otra agricultura, otra sociedad


El hambre afecta aproximadamente a 1.000 millones de personas en todo el mundo. Mientras tanto, la agricultura europea pasa por momentos de extrema dificultad. El reciente conflicto de la leche ofrece un panorama clarificador de la actual situación. La leche europea la producen vacas alimentadas con soja importada de Brasil, lo que está agudizando las carencias alimentarias de una gran parte de la población brasileña, además de destruir la selva tropical, sin por ello conseguir que los agricultores europeos vivan de su actividad. Un país tradicionalmente agrícola cono Francia está viendo cómo el número de sus agricultores desciende cada año debido a la inviabilidad de la actividad y tienden a desaparecer. La actual crisis económica, ecológica y política es una oportunidad para quienes desean un cambio, es el motivo que hace que la utopía pase a ser algo realizable, honesto y razonable. Para ello, el ciudadano debe dar un paso adelante y buscar su independencia mediante la autosuficiencia, tomar las riendas de su vida, hasta ahora en manos de compañías que sólo buscan beneficios.

En 1962, la bióloga estadounidense Rachel Carson publicó su libro “Silent Spring” (Primavera silenciosa). En él afirmaba que ciertos pesticidas ponían en peligro la salud humana y de las aves. Esta obra marcó el comienzo de la toma de conciencia de una parte de la opinión pública americana sobre los métodos agrícolas basados en el uso masivo de sustancias químicas sintéticas. Después de 49 años los herbicidas, fungicidas, pesticidas e insecticidas utilizados para destruir los vectores de enfermedades de las plantas y para proteger los cultivos de parásitos y malas hierbas siguen utilizándose de forma masiva en casi todo el mundo. Estados Unidos es el país que más sustancias químicas utiliza en la agricultura, seguido de cerca por Francia.

Un cambio de modelo agrícola, un cambio de modelo social

La importancia de desarrollar una agricultura local, familiar, a pequeña escala y cuyo principal objetivo sea la producción de alimentos de calidad cobra relevancia en estos tiempos debido principalmente a la crisis energética. La agricultura industrial, además de necesitar una cada vez mayor cantidad de productos químicos para producir alimentos, depende del transporte para hacer llegar éstos productos a los consumidores. Un aumento del precio del petróleo conlleva directamente un aumento del precio de los alimentos y dispara la especulación en el mercado. Además, la producción de agrocombustibles y la política de intercambio de derechos de contaminación (créditos carbono) llevada a cabo por los países más ricos, está privando a los nativos de disponer de tierras y bosques en los que históricamente han producido sus alimentos. Es imprescindible que los campesinos recuperen las tierras de cultivo para que puedan adaptarse a las duras condiciones climáticas.

La revolución industrial ha ido progresivamente borrando del planeta la figura del campesino. Los agricultores que han resistido, en su mayoría practicando unos métodos industriales, son ahora más conocidos como explotadores agrícolas o productores de alimentos. Estos agricultores forman parte de una gran red que conforma la actual cadena alimentaria en la que se encuentran multinacionales químicas, bancos y compañías de seguros e inversiones. El método de agricultura industrial cuyo enfoque empresarial busca el beneficio por encima de todo ha tocado techo y, por el bien de todos, debería ir desapareciendo. Ser campesino en su forma más tradicional es más que una profesión: implica toda una forma de vida que estrecha los lazos del campesino con la tierra y con sus vecinos, haciendo que aquel pase a formar parte de la cultura de la región y del país. El campesino siempre ha gozado de una independencia desarrollada a escala local y sustentada en la autosuficiencia que les proporcionaba el cultivo de sus propios alimentos.

Las sociedades industrializadas de los países capitalistas han conseguido que esa independencia de los campesinos se vea como algo innecesario por parte de los ciudadanos, como algo anticuado o pasado de moda. Los precios de los alimentos han ido descendiendo, restando importancia a la labor de quienes los cultivan y dejando paso a las grandes compañías, que no sólo se encargan de abastecer de alimentos a los ciudadanos, sino que también disponen qué y cuándo se debe consumir. El ciudadano accede a los servicios que le proporcionan el estado y la oferta privada en calidad de invitado a la organización de su propia vida, que se lleva a cabo sin contar con él. En este orden de cosas, los conocimientos campesinos se van perdiendo y, para los más jóvenes, resultan algo arcaico.

El hombre moderno ve cómo su vida la organizan entes demasiado grandes y lejanos para comprender su funcionamiento. Su salud, educación, información, la vivienda, la alimentación y todos las necesidades fundamentales están en manos de gigantescas compañías interconectadas entre ellas. Si este ciudadano les otorga su confianza, el sistema seguirá como si nada. Si por el contrario, el ciudadano adquiere conciencia de su verdadera situación y entiende hasta qué punto su vida depende de estas multinacionales para quienes es sólo un pequeño eslabón, el cambio puede ser posible y, en este proceso, la autonomía e independencia campesina puede servir de referencia para comenzar a construir una nueva organización social.

Aunque la actual situación invite a dejarlo todo y salir al monte en busca de la pureza, la solución pasa por buscar una autonomía material, social y política en el lugar donde se vive, una libertad que permita emanciparse del sistema que se nos quiere imponer y con el que ya no estamos de acuerdo. No se trata de renegar de la sociedad actual, sino de hacerla evolucionar hacia donde queremos que evolucione. Nada mejor que rescatar el alma campesina y cultivar alimentos, crear comunidad de forma paciente, construir nuestro propio hábitat y producir nuestra propia comida. Esto es posible aquí y ahora.

Escapar del entramado organizativo de la sociedad capitalista actual, independizarse poco a poco del estado, del sueldo, del dinero y de las empresas en la actual crisis económica, política y ecológica, pasa a ser algo necesario en un futuro muy cercano. Esta no es ninguna utopía, sino un proyecto razonable además de posible.

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