La catástrofe puede esperar, aún se debe ganar mucho dinero


Los medios de comunicación no paran de hablar de la recesión económica, del abismo que estamos bordeando, del peligro que puede entrañar la desaparición del euro. Es este un verdadero acoso a la moral del ciudadano, es una herramienta de la estrategia dirigida a acorralar a aquellos más débiles en un círculo de miedo y pánico. Sin embargo, y aunque parezca paradójico, una encuesta llevada a cabo en junio de 2011 por encargo de la Comisión Europea y, más concretamente, de la Dirección General Acción por el Medioambiente, revela que los ciudadanos europeos están mucho más preocupados por la degradación medioambiental y por la crisis ecológica que vivimos que por las sucesivas caídas de las bolsas europeas e internacionales o la recalificación de la deuda de los países. Según los datos, más de dos europeos de cada tres estiman que el cambio climático constituye un problema muy grave y casi el 80% cree que tomar medidas para luchar contra él sería beneficioso para la economía y el empleo. El cambio climático es considerado por los ciudadanos europeos el segundo problema más grave tras la pobreza, el hambre y la falta de agua potable (considerados como un único problema). Más de la mitad de los ciudadanos europeos afirman haber realizado gestos para combatir el cambio climático en los últimos años. Por lo tanto, el acoso intensivo de los medios y responsables políticos no está teniendo, de momento, el efecto que seguramente buscan quienes lo potencian. El poder económico desearía que las encuestas situaran a la crisis económica y al empleo en primer lugar en el ranking de preocupaciones de los ciudadanos. Y eso no es así debido a que el ciudadano está cada vez mejor informado; los medios tradicionales, casi todos en manos del gran capital, pierden poco a poco su credibilidad y sus usuarios son cada vez menos, además de más fanáticos. En el panorama español existen numerosos ejemplos de lo que estoy contando.

En política pasa prácticamente lo mismo: aquellos que desde siempre votan una ideología determinada no ejercitan la reflexión ni valoran la información a la hora de dar su confianza al partido de toda la vida. El voto se convierte en una cuestión de fe más que de ideales o de razonamiento. Es por ello que se necesitan nuevas ideas y nuevos planteamientos políticos que limpien y aireen el actual panorama. Veremos lo que ocurre el 20N.

La crisis energética

Pocos medios hablan sobre uno de los verdaderos problemas a los que se enfrenta la humanidad: la crisis energética y las escasas soluciones que existen a día de hoy. Toda la maquinaria industrial y prácticamente todas las actividades económicas giran en torno al petróleo. El precio del barril es el verdadero quebradero de cabeza de las grandes compañías y de los países. Sin embargo, el tema pasa desapercibido y, cuando se trata, se hace de forma poco rigurosa y siempre tratando de desdramatizar. Para averiguar el verdadero estado de la situación actual de las reservas hay que observar con ojos muy críticos los movimientos de las compañías e incluso de los gobiernos de los países industrializados. En este orden de cosas, el asunto de los agrocombustibles nos da una pista definitiva para intuir la verdadera situación.

El poder político es hoy en día el portavoz o intermediario del poder económico y el crecimiento su mayor obsesión. Tomemos por ejemplo la nueva política adoptada por el gobierno británico, que pretende reactivar el crecimiento económico aumentando el límite de velocidad permitida en las autopistas. Los gobiernos entienden que su deber es mantener el nivel de vida con sus índices de consumo entre la población. Este planteamiento es hoy en día una verdadera locura y existen ya muchos estudios que explican detalladamente que, de continuar con el actual ritmo de crecimiento y producción en el mundo, harían falta varios planetas para soportarlo. Por lo tanto, ¿a qué viene tanta obsesión por recuperar los índices de crecimiento?

Los agrocombustibles son una de las últimas armas para mantener dichos niveles de crecimiento, ya que son vistos como sucesores de un petróleo cada vez más caro y escaso. Pero los agrocombustibles suponen un tremendo impacto sobre la alimentación (las tierras ya no producen alimentos) y el medioambiente (deforestación). Dado el actual ritmo de crecimiento demográfico, dedicar tierras de cultivo (en Estados Unidos, el 40% del maíz se destina a la producción de agrocombustibles; en Europa, los agrocombustibles representan ya el 4% del total de combustibles) a producir agrocombustibles es una enorme irresponsabilidad que incluso podría catalogarse como delito. La hipocresía de los políticos europeos es tal que los agrocombustibles son presentados como un arma estratégica de lucha contra el cambio climático, cuando todo el mundo sabe que lo agravan. En resumen, los políticos no ven los agrocombustibles como la salvación medioambiental del planeta, sino como un puro y ventajoso negocio que, hasta que ellos mismos lo denuncien, aportará grandes cantidades de dinero a quienes lo gestionan. Esta práctica ya la hemos visto en otros sectores, por lo que no nos debería extrañar cuando suceda.

Mientras el bosque indonesio muere y ve cómo se llena de palmeras que aportarán el tan preciado aceite vegetal, mientras el hambre mata a millones de seres humanos, la agencia europea del medioambiente hace balance de las emisiones y se vanagloria de haber registrado un descenso de un 10,7 % respecto a 1990. Dicho descenso, afirma, se debe a la transición del carbón al gas natural y al fuerte crecimiento de las energías renovables, crecimiento en el que los agrocombustibles juegan cada vez más un papel principal.

Eurobarómetro

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