Pues otra de patatas


Volvemos de los países nórdicos y lo hacemos con la ilusión del emigrante retornado. Por la calle, nos paramos para disfrutar de los cálidos rayos del sol, entablamos conversación con los comerciantes que nos atienden y, de vez en cuando, nos adentramos en un bar donde se ofrece buen vino y algo de comer. Y, acodados a la barra, buscamos entre las tapas con ilusión. Paseamos la vista una y otra vez por la encimera y rastreamos la carta con el dedo sólo para, resignados, volvernos a oír pedir: “unas patatas, por favor”. Porque, después de tantos años, España sigue siendo España. Y aquí no se concibe una comida en la que no se encuentre un trozo de carne o de pescado. Así que, vegetarianos, y no digamos ya veganos, de buena mañana podéis empezar a colocaros sin echar nada al estómago que amortigüe el peso de los 15 grados riojanos. Bien, siempre están las aceitunas (“pero de las con hueso, ¿eh?”) y las patatas bravas. Y el omnipresente pincho de tortilla, pero a mí, que empiezo a ampliar mi campo de batalla e intento ahora evitar los productos animales en general, ya ni esta opción me vale.

De modo que no me hables del cambio climático, de los derechos de los animales ni del ahorro de recursos naturales, porque todo eso está muy bien en la teoría, pero cuando se sale de cañas se sale de cañas, y aquí no existe una barra de tapas que lleve ni uno de esos principios a la práctica. Así que, si quieres vivir en España y disfrutar de sus placeres, o te vuelves a hacer carnívoro o te inflas a patatas. En esas estaba precisamente el otro día mientras leía en el periódico que el Partido Animalista de Tordesillas aún no había logrado identificar a sus 26 votantes, que se esconden en el anonimato para no sufrir las consecuencias de defender los derechos de los animales en un lugar donde se maltrata sin miramientos al toro durante las fiestas locales. Pues eso: que, mientras en otros países la venta de huevos del tipo 3 desciende al hacerse públicos los horrores que sufren durante su vida las gallinas enjauladas, aquí no sólo defendemos y nos jactamos de una tradición injusta, cruel y terriblemente violenta, sino que, además, apaleamos a quien se opone a ella. No pertenece a nuestra cultura preguntarnos por qué alguien se empeñaría en defender a un animal, o por qué se negaría a comer alimentos obtenidos mediante la crueldad. Ya sé, ya sé que estoy generalizando, pero es que no me explico por qué, en bares y restaurantes, no se ofrece una alternativa para la demanda del creciente número de vegetarianos, no digamos ya veganos. ¿Qué hay de malo en añadir a la carta una tapita de pisto? ¿O una buena tosta de humus o ensalada de tomate?

Recuerdo que, en Alemania, en una visita rutinaria a mi médico de cabecera, solicité unos análisis para asegurarme de que mi dieta no me estaba perjudicando. La doctora me miró sorprendida por encima de las gafas.

“Pero, ¿usted se encuentra bien?”

“Mejor que nunca”, respondí.

“Claro”, dijo ella afirmando con la cabeza. “Yo también soy vegetariana y, ¿le parece que tengo mal aspecto?”. No lo tenía ni entonces ni todas las mañanas que la había visto yo acudir al trabajo en bicicleta. “Lo que hay que comer son patatas”, me indicó con gravedad. “Una buena alimentación con muchas patatas es todo lo que el cuerpo necesita”. Salí de la consulta sonriente, satisfecha.

Así que, sentada a la barra del bar, recuerdo mis tiempos en Alemania y casi añoro los platos vegetarianos que allí sí encontraba. Aquí, ya puedes hartarte de patatas. Como las lentejas, las tomas o las dejas. Vuelvo a pasear la vista por el expositor, por el rico surtido de tapas de chorizo, queso, jamón, empanada… Suspiro, me encojo de hombros y me dirijo con resignación al camarero tras la barra:

“Pues va a ser otra de patatas”.

Un pensamiento en “Pues otra de patatas

  1. Muy buena nota, es una lástima que estemos tardando demasiado en darnos cuenta de lo cruel que es el ser humano cuando de la madre Naturaleza se trata, y lo digo en el más amplio sentido de la palabra, no sólo a la hora de comer animales o derivados de ellos, sino lo que estamos perjudicando a nuestro medio ambiente con tanta polución, todo esto sin dejar de mencionar la depredación que estamos haciendo en mares y ríos, el derretimiento de los polos, y tantas otras cosas más, todo esto es maltrato hacia nosotros mismos.
    Ojalá podamos dar un giro sustancial a todo esto antes que sea demasiado tarde para mirar con la frente erguida hacia las futuras generaciones.

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