El Mercado de Ganado


“Y ese es el mercado de ganado. Es uno de los más grandes de Europa”, nos dijo la propietaria de la casa señalando con la cabeza la gigantesca cubierta metálica. Ya entonces me imaginé el ir y venir de los camiones cargados de bestias, el trajín de los tratantes ojeando y regateando sus mercancías, las cargas y descargas de animales vivos con un destino incierto. Ya entonces supe que no quería vivir frente a ese monstruo pero, qué carajo, pensé, en algún sitio hay que vivir y, qué carajo, al final a todo se acostumbra uno. Pues resulta que después de casi un año aún no me he acostumbrado y, cuando vuelvo del pueblo, tomo la ruta más larga para evitar el espectáculo de la venta de animales y la repugnancia que me causa. Inevitablemente, de vez en cuando tengo que pasar por delante de un camión estacionado frente a un bar y en él me topo con la mirada triste de un ternero o los mugidos desesperados de un animal encerrado.

Fotografía de The Gentle Barn

No sé si ha sido a raíz de vivir frente al susodicho mercado pero lo cierto es que, en mis conversaciones con otras gentes, hay una cierta recurrencia del tema del uso y abuso de los animales. Y así, por esta que podemos llamar obsesión, ha sido como he conocido que aquel no come carne de cerdo a raíz de una mala experiencia durante un sacrificio (“es por el olor, los animales grandes es que tienen eso”); que en la familia de aquella otra no se volvió a probar el conejo desde que tuvieron a uno por mascota; que esta otra no quiere ni oír hablar de vender sus corderos, no vaya a ser que acaben en el puchero de alguien; y que aquel otro que compró unos patos para que se comieran las babosas y “porque tienen una carne muy rica” está dejándolos envejecer al amparo de su patio… Así fue también como una conocida me contó un día que lo peor del sacrificio era el sentimiento de culpabilidad: acercarte al animal con el cuchillo en la mano, llamarle y ver cómo se acercaba confiado, sin sospechar siquiera su destino. “A mí me empieza a temblar todo, tengo que dejárselo a mi marido”, me dijo.

Visto así, cualquiera diría que matar animales no forma parte de la naturaleza intrínseca del ser humano; que basta la cercanía de un animal para que podamos apreciar su individualidad y aprender a respetar su derecho a la vida. Sin embargo, este trato, que en el campo aún es frecuente y posible, en las ciudades ha quedado relegado a la posesión ocasional de animales de compañía. No es de extrañar entonces que la mayoría de los niños y no tan niños entiendan la carne como un trozo de comida envasado en plástico y expuesto en el refrigerador del supermercado, sin haberse preguntado jamás sobre su proveniencia. Ante esta situación, cabe cuestionarse cómo hemos llegado hasta aquí, cómo hemos sido capaces de dejar en manos de la cría intensiva, los mercados de ganado y los mataderos aquellos alimentos que acabamos llevándonos a la boca.

El otro día escuchaba con sorpresa el comentario de uno de nuestros vecinos, uno no especialmente sensible ni especialmente amante de los animales, que decía que, al pasar por delante del mercado de ganado, un escalofrío le recorría todo el cuerpo. “Es por el ruido”, explicaba algo sonrojado. “Es un ruido como del infierno. No son mugidos normales, es el sonido que hacen las bestias aterrorizadas, algo que te pone los pelos de punta”. Y yo pienso que es cierto, que el mercado de ganado debe ser lo más parecido al infierno, por mucho que sea el más grande de Europa. Al final, todos sabemos dónde van a acabar esos animales. En el prado, frente a mi casa, algunas veces puedo despedirme con la mirada de una vaca y su ternero a los que he visto retozar durante días, antes de que los suban al camión, en dirección al mercado de ganado.

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