El desastre cotidiano


Actualmente, el ciudadano español mira con creciente desconfianza a las instituciones y a la mayoría de empresas tanto públicas como privadas. El propio Estado se ha convertido para la mayoría en un depredador de su bienestar. Los numerosos escándalos que afectan a personajes públicos, políticos y empresas, se suceden al mismo ritmo que los ciudadanos pierden calidad de vida y derechos. Con la excusa de la crisis, palabra que ya cansa a cada vez más personas, se están llevando a cabo saqueos indiscriminados en los servicios públicos y en los derechos más básicos de los contribuyentes. El grado o nivel de representatividad de los responsables políticos está por los suelos. Hace unos días tuve la oportunidad de ver unas imágenes en las que el pleno del ayuntamiento de un pueblo bastante grande cercano a Madrid se celebraba custodiado de cerca por la policía. Los “representantes del pueblo” eran abucheados y sólo el cuerpo de los agentes les garantizaba su seguridad física. Esa imagen resume el rumbo que están tomando los acontecimientos en este país.

El problema aumenta de tamaño cuando detrás de todo este cúmulo de escándalos y este creciente descontento se están escondiendo asuntos muy graves que ningún responsable político elegido por el pueblo se atreve a poner encima de la mesa para desarrollar alternativas y buscar soluciones. Me refiero a la seguridad alimentaria y los problemas que ya están afectando a la producción de alimentos en todo el mundo. Digo que ya están afectando porque nunca ha vivido el mundo una crisis alimentaria como la actual. Desde hace 8 años, las reservas de cereales de todo el mundo comenzaron un paulatino descenso que, en estos momentos, no asegura más de 20 días de abastecimiento de este alimento básico (el nivel de seguridad fijado es de 70 días). Cada día un mayor número de personas en todo el mundo ingresan las listas de los que pasan hambre. Una verdadera catástrofe. No hay que ir muy lejos para ver a muchas personas escarbando en los contenedores de basura. El problema no ha hecho más que empezar, de no dar un giro radical a las políticas agrícolas, a la ayuda al desarrollo y a los servicios sociales, los próximos años van a ofrecer unos escenarios difíciles de justificar por quienes hoy, aún podrían hacer algo para evitarlos.

Si un país con más de 30 años de supuesta democracia no es capaz de asegurar a sus ciudadanos unos servicios dignos básicos como la sanidad, la cultura, la vivienda y la alimentación, sus responsables deberían, como mínimo, dimitir y dar paso a otras ideas y a otros métodos de hacer política. No se trata de vivir ni por encima ni por debajo de lo básico, se trata de tener cubierto eso que es imprescindible para vivir de forma digna, nada más. Escuchar al ministro de educación decir que sobran profesores y al de sanidad que se han de reducir los gastos sanitarios, provoca la sensación de total indefensión y una rabia sin precedentes.

Pero la actualidad y la información que llega a la mayoría de consumidores, contribuyentes y por lo tanto directamente afectados por todos estos desajustes, es siempre la misma: “es necesario hacer un esfuerzo para paliar los excesos cometidos por el anterior gobierno”. Parece una broma pero no lo es.

En el panorama internacional nadie da un paso adelante, se siguen subvencionando combustibles fósiles, se siguen impulsando los cultivos transgénicos (que no os engañen, este tipo de cultivos sólo benefician a los laboratorios y empresas petroquímicas), se siguen incentivando los cultivos de agrocombustibles en detrimento del maíz y otros cereales mucho más necesarios, en fin, el desastre está servido y todo sigue igual.

El horizonte del consumidor

Entrar a comprar en un supermercado es un ejercicio de extrema habilidad para quien se preocupa por su salud y quiere, mediante su elección a la hora de comprar, favorecer un tipo de prácticas y no favorecer otras. Si hablamos de los bancos, el asunto se complica aún más. ¿Qué hacen los bancos con el dinero procedente del ahorro privado? ¿En qué tipo de negocios invierten? Es una verdadera injusticia que no existan entidades financieras limpias que inviertan en economía tangible y local, que ofrezcan al ahorrador la posibilidad de estar en sintonía con su conciencia cuando deposita el esfuerzo de su trabajo en una entidad bancaria. Actualmente, a parte de Triodos Bank (que aún no tiene sucursales en todo el territorio nacional), no hay más alternativas. Si en un futuro aparecen bancos libres y limpios, habremos dado un enorme paso hacia la democracia real. Si hoy en día aún nos vemos obligados a depositar nuestros ahorros en entidades cuya política nos perjudica directamente, se debe a las trabas que el poder económico pone a las alternativas que amenazarían su absoluto control de la economía.

Mientras uno percibe la total pasividad ante los verdaderos retos a los que nos enfrentamos, el delirio de las corruptelas y las noticias negativas que nos tratan de inyectar se suceden con una frecuencia cada vez más alta. Es muy raro que pase un solo día sin que el pastel del desastre no renueve su guinda. ¿Hasta cuándo?

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