Menos conferencias, más acción civil


La próxima conferencia sobre el medio ambiente de la ONU se llevará a cabo en Doha (Qatar) a finales de noviembre. Seguramente, para seguir con la rutina y la norma, esta nueva cumbre de Estados no servirá más que para pactar la próxima. Los expertos claman por la urgencia de unas medidas que parecen imposibles de adoptar. Los países ricos no quieren perjudicar sus economías implantando unas medidas drásticas para reducir sus emisiones de CO2 y luchar contra el cambio climático y los países emergentes apelan al pasado y culpan a los ricos de haber contaminado el planeta para evitar tener que tomar unas medidas de futuro que frenarían su crecimiento actual. Los intereses económicos y los ecológicos chocan siempre y unos por otros el planeta sigue deteriorándose ante la mirada ambigua de los responsables políticos y sus intereses a corto plazo.

En la anterior cumbre celebrada en Durban (Sudáfrica), se estableció la necesidad de crear un fondo “verde” con 100.000 millones de dólares para ayudar a los países subdesarrollados a implementar políticas que limiten sus emisiones. Se fijó el año 2020 como fecha en la que el dinero debía haber llegado a dichos países. A día de hoy aún no se sabe cómo se va proceder para conseguir dicha suma y cómo se va a articular dicho fondo. Aún peor, parece ser que se está detectando un desvío de dinero destinado al fondo hacia proyectos sospechosos de ecoblanqueo (greenwashing).

Por lo visto, la pasividad de los gobernantes va a seguir, al menos hasta el próximo informe del GIEC previsto para 2014 o 2015. El GIEC ya advirtió en su último informe las terribles consecuencias tanto climáticas como económicas de la inacción en la lucha contra el cambio climático y en la adaptación a los efectos ya inevitables. Pero el pasado mes de diciembre en Durban, los Estados decidieron aplazar la creación del nuevo instrumento legal sobre el gas de efecto invernadero que sustituirá al creado en Kioto, hasta 2020. Pero la gravedad puede aumentar si, tal como parece, finalmente las negociaciones pasen a ser compromisos voluntarios, algo que sería verdaderamente dramático. El riesgo de que cada Estado fije su compromiso en el tiempo y en el grado que les convenga es que se llegue a un aumento de la temperatura mundial de 4 grados y no de 2 grados (barrera que todos los científicos dan ya por rebasada). El nivel del mar, el deshielo y la biodiversidad seguirán suponiendo y provocando un alto grado de inseguridad.
Así pues, tanta cumbre para presionar a los Estados (desde luego si no se llevaran a cabo es seguro que no se tomaría ningún tipo de medidas) para finalmente seguir igual o peor.

¿Solución? La sociedad civil debe pasar a la acción. La salud humana está en juego. En países como China, los ciudadanos comienzan a temer por la salud de su único hijo debido a los altos índices de contaminación de las ciudades. Por otro lado, la industria comienza a entender que sólo llevando a cabo una reconversión “verde” conseguirá beneficios y por ello se comienza a desarrollar de forma masiva el sector de las energías renovables. Es evidente que las catástrofes ayudan a reaccionar, es quizá el único revulsivo que conoce la sociedad civil, aunque suene triste es así y así se ha venido demostrando a lo largo de la historia.

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