Ventajas de Vivir en una Aldea: reflexiones desde mi (calentito) despacho


Hace ya casi un mes que nos instalamos en esta pequeña población de no más de una veintena de viviendas, la mayor parte de las cuales solamente están habitadas los fines de semana y fiestas de guardar. Pasado este tiempo, me creo en disposición de hacer un resumen de las ventajas que encuentro viviendo en semejante condición, para que pueda leerlo y darse por enterado todo aquel a quien pueda interesar.

Como ventaja número uno citaré la comodidad de poder utilizar la cocina de carbón tanto para calentarte como para cocinar tus alimentos. Este hecho no solamente implica un importante ahorro energético, sino que el ejercicio necesario para prender la antigualla supone un estupendo aliciente para meterte después en la ducha, en un cuarto de baño desprovisto de calefacción.

Llave En segundo lugar, cabe destacar la importancia de que tus vecinas sean prácticamente los únicos seres humanos con los que has cruzado una palabra en las últimas semanas. Este hecho resulta especialmente relevante cuando, en medio de una terrible batalla por mantener vivo el fuego de la estufa, sales a la cochera a buscar carbón y cierras la puerta de tu casa sin haber cogido las llaves para volver a abrirla. Es en ese momento de incertidumbre, en el que el pensamiento de si no te estarás olvidando algo llega una milésima de segundo demasiado tarde, justo cuando suena el “click” del pestillo al cerrarse tras de ti y dejarte en pie ante la lluvia, con cara de idiota y en una situación miserable… Es en ese momento, decía, cuando te alegras de que haya gente alrededor, gente que ya se ha ocupado de indagar debidamente quién eres, a qué te dedicas, de dónde vienes y qué carajos haces en su pueblo. Las vecinas ya confiarán en ti lo suficiente como para abrirte la puerta después de fisgar tras los visillos (o, en caso de que no se encuentren en casa, siempre puedes sentarte a esperar su regreso aterida de frío en la antojana, en la amistosa compañía del gato que encontraste muerto de hambre y adoptaste hace unos días – sin duda la ventaja número tres de vivir en un pueblo -, que te restriega el rabo y te pregunta con la mirada y de viva voz si no tienes algo más de comida).

Otra de las ventajas con que se cuenta en estas ocasiones es la de poder esclarecer de primera mano los mitos rurales y rumores más infundados: de este modo, sentado en la salita de estar de las vecinas, uno es capaz de descubrir que son personas de carne y hueso y no las hermanas mellizas del conde Drácula, como se ha venido especulando desde hace un tiempo debido a su costumbre de rehuir la luz del sol y no abrir jamás las contraventanas de su vivienda, por muy buen día que haga fuera.

Tras unos minutos de espera, ya puede llegar el jinete salvador con la llave milagrosa que abrirá de nuevo la puerta de mi refugio (una de las decenas de copias que debe haber repartidas por las casas de los familiares del propietario, según he concluido de mi aventura) y lo hace derrapando su deportivo por las estrechas, embarradas y desconchadas calles, con las prisas que caracterizan el estilo de vida de estos lares (supongo que poder manejar el automóvil con semejante temeridad sin que nadie te denuncie también podría catalogarse como una de las Ventajas de Vivir en una Aldea).

Para finalizar este relato debo concluir que, al volver a entrar en el hogar, el carbón había tenido a bien prender y pude proceder a preparar mi comida, no sin antes haber tomado la firme determinación de colgarme una copia de la dichosa llavecita de alguno de los piercings que tengo infrautilizados.

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