Ser feliz en la realidad


Sabed que vivimos engañados. El mundo en el que vivimos no es el que se nos presenta cada vez que abrimos una revista, cada vez que navegamos por internet, cuando viajamos en transporte público, cuando caminamos por la calle, cuando escuchamos la radio en el gimnasio o vemos el televisor del bar donde desayunamos. Sé que os costará creerlo, pero ese mundo, amigos, no es real. El mundo que se nos presenta, que está a nuestro alcance siempre y cuando compremos los productos adecuados en el lugar y el momento adecuados, ese mundo que está a nuestra disposición y en el que todos podemos ser más guapos, tener más éxito y ser más felices por un módico precio, es un invento de la industria del márquetin, una manipulación de nuestras mentes que nos conduce a una espiral infernal de ansiedad y malestar con nosotros mismos. El mundo real, amigos, es un lugar mucho más duro. En el mundo real hay cientos de miles de personas que literalmente se dejan la piel para que nosotros podamos cambiar de modelo de acuerdo a las exigencias de cada temporada. En el mundo real, muchos niños trabajan de sol a sol para recolectar el cacao que, después, servirá para endulzar las pausas del trabajo. En el mundo real, miles de millones de animales mueren cada año para que nosotros podamos seguir consumiendo sus alimentos y vistiendo sus pieles sin que en nuestras retinas queden marcadas las imágenes que encierran los muros de los mataderos. En el mundo real, los campos se envenenan con semillas de contenido genético manipulado y por compuestos químicos propios de la guerra, productos que arruinan a los pequeños agricultores, contaminan las aguas y exterminan a los insectos.

Fotografía de Pep Cortés

Fotografía de Pep Cortés

Es cierto, el mundo paralelo que nos ofrece el márquetin nos hace sentirnos mucho más cómodos a corto plazo. Sin embargo, sus idílicas imágenes no siempre pueden ocultar los bocados de realidad que, de vez en cuando, quiebran nuestra aparente seguridad. Es entonces cuando nos planteamos horrorizados cómo ha podido ser que se derrumbara todo un edificio en Bangladesh sepultando a miles de personas. Y cómo puede ser que en China estén fructificando los criaderos y mataderos de perros destinados a la industria de la carne. Y cómo puede ser que en el mundo entero estén desapareciendo las abejas, esos polinizadores imprescindibles para la producción de alimentos para el ser humano. Ante estos fogonazos de realidad, lo más corriente es pasar página lo más rápidamente posible para volver a nuestro idílico mundo irreal en el que todo muestra su lado más amable. Sin embargo, antes o después, la realidad vuelve a hacer su aparición y la herida que nos provoca vuelve a dejar una huella que cada vez es más profunda.

Una vez la realidad te ha tocado, es muy improbable que te deshagas de ella. Una vez te ha contaminado, es muy difícil que le vuelvas a dar la espalda sin sentirte un poco cómplice de lo que ocurre ahí fuera. A veces, incluso te preguntas por qué te duele tanto la realidad y puede que llegues a la conclusión de que los pilares que sujetan nuestro pequeño mundo están basados en demasiadas injusticias. Ahí, amigos, es cuando hemos alcanzado el punto sin retorno: ha llegado el momento en el que ya no querremos cerrar los ojos, por mucho que nos duela lo que estamos viendo. Ha llegado el momento en el que nos daremos cuenta de que nosotros podemos ser parte activa del cambio necesario para que exista una realidad única, una realidad más justa, más solidaria y más sostenible, una realidad en la que vivir no suponga dañar a nada ni a nadie. Con el esfuerzo de todos, vivir felices no tendrá por qué implicar sumergirse en una realidad narcótica y falseada.

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