El juego o la vida


Hace poco leía la publicación de una entrevista a una “probadora” de videojuegos a la que, al parecer, le pagan por pasar horas y horas delante de una pantalla, accionando los mandos e internándose en mundos irreales para salir lo mejor parada de sus aventuras electrónicas. Su oficio, parece, es buscar posibles fallos en los videojuegos y hacer que la experiencia sea para el usuario algo único e irrepetible. No vaya a ser que, me imagino, en medio de una apasionante partida en la que se ha abatido a innumerables enemigos en diversos escenarios, en la que se está a punto de lograr una puntuación de récord imbatible, de pronto, se le estropee la tarde al jugador cuando aparece en la pantalla el dichoso cartelito de “error 404”.

Fotografía de Pep Cortés

Fotografía de Pep Cortés

Pues bien, en la transcripción de la conversación mantenida con la “probadora”, el título del texto era una de las frases más ridículas de toda la entrevista: “a las mujeres también nos gusta pegar tiros”. Quizás a esta joven (que afirma que, una vez finalizada la jornada laboral, continúa jugando a los videojuegos, esta vez en el sofá de su casa y en compañía de su novio) no se le haya ocurrido pensar que el término “mujeres” abarca un colectivo mucho, mucho más amplio de lo que ella podrá llegar a conocer si continúa hipnotizada ante su pantalla durante más de ocho horas cada día. Ahí fuera, en el mundo real, un ejército de mujeres y de hombres está dedicando su tiempo a dar de comer a quienes ya no pueden permitirse acudir a un supermercado, a ayudar a quienes han tenido que huir de sus hogares a causa del hambre y de las guerras, a acompañar a los enfermos a los que nadie quiere visitar en sus pequeños infiernos, a limpiar las playas de los plásticos que arrastra el mar con sus mareas, a rescatar animales abandonados y maltratados de las garras de la industria, a investigar nuevas y más limpias formas de generación de energía, a cultivar alimentos más saludables de una forma menos dañina con el medio ambiente… Pues sí, somos muchas las mujeres, ni qué decir tiene que también los hombres, a quienes no nos gusta pegar tiros. Muchos de nosotros preferimos vivir la vida y trabajar en la creación de un mundo más digno para nuestros hijos. Aunque nos duela. Aunque suponga abrir los ojos a la realidad y enfrentarnos a una sociedad que solamente valora las actividades que puedan reportar dinero.

Afirmaban en la radio esta mañana, durante la promoción de un nuevo videojuego, que no hay nadie que haya jugado con él y no haya llorado. Que el videojuego en cuestión te hace sentir grandes emociones. Seamos serios. Comprendo que los efectos especiales de los videojuegos modernos pueden ser maravillosos; que la música compuesta especialmente para tal o cual versión puede llegarte al alma. Comprendo que las aventuras en que te enzarzas pueden resultar escalofriantes; que los escenarios que “pisas” pueden estar muy logrados. Pero todo eso no deja de implicar tirar horas y horas de tu tiempo acomodado en un sofá representando a un personaje que no eres tú y experimentando vivencias que no son reales. Señores: me permito recordarles que este mundo está hecho un asco, el barco se va a pique y no tenemos tiempo que perder.

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