Será una broma… ¿no?


Últimamente no dejo de toparme con artículos supuestamente redactados por expertos desinteresados, programas televisivos e inocentes comentarios de personas influyentes que nos “informan” sobre las cualidades de los transgénicos y, sobre todo, de su inocuidad. Esta gente se ampara en la tecnología para, después de tratarnos al resto de los ciudadanos de analfabetos científicos, enarbolar la bandera de los transgénicos como salvadores de la humanidad.

En el último de ellos el autor narraba con bastante desenfado cómo los plátanos que comemos a diario están tan modificados genéticamente como el maíz transgénico de Monsanto. Afirmaba también este señor que “no hay reacciones alérgicas documentadas” y que (las nuevas variedades) “pasan evaluaciones de impacto ambiental”. A quienes nos declaramos “antitransgénicos”, nos remitía a un informe publicado por una revista online que no se hace responsable de sus contenidos y en el que se afirma que no existe bibliografía en la que se recojan impactos negativos sobre la salud de quienes consumen alimentos modificados genéticamente.

Es una broma… ¿no? Me da la sensación de que a estos señores se les ha olvidado mencionar que los transgénicos se diseñaron principalmente para que los cultivos fueran resistentes a ciertos venenos y sustancias tóxicas, pesticidas y fertilizantes productos estrella de las empresas fabricantes de transgénicos. Como las plagas son cada día más resistentes a estos tóxicos, el agricultor se ve obligado a aumentar las dosis de pesticidas y herbicidas que le venden las multinacionales de los OGMs si quiere preservar su cosecha. Es decir, que los cultivos de transgénicos utilizan enormes cantidades de sustancias químicas que se encargan de contaminar las aguas y los alimentos antes de que estos lleguen a nuestros platos. Para quienes estamos preocupados por los efectos de los pesticidas sobre nuestra salud y la del medio ambiente, qué duda cabe que la visión partidaria de los cultivos transgénicos (cuyas semillas, por cierto, son estériles, por lo que el agricultor tendrá que comprarlas año tras año para poder volver a sembrar) nos resulta cuanto menos sesgada.

No quiero transgénicos

También cabe destacar que la bioingeniería lleva más de tres décadas prometiendo enormes beneficios para la humanidad tales como la erradicación del hambre en el mundo. Sin embargo, en los más de 25 años de cultivo generalizado de OGMs en diversos países, no se ha logrado más que un empeoramiento de la situación global y un alarmante empobrecimiento de los pequeños agricultores a favor de las multinacionales del sector. Esto se debe al hecho de que quienes deciden embarcarse en la odisea del cultivo de transgénicos acaban perdiendo el control sobre sus semillas y endeudándose para hacer frente a los gastos que estos cultivos conllevan. Hace ya años que diversas agencias de las Naciones Unidas y otros organismos internacionales han demostrado que los métodos tradicionales de cultivo resultan más productivos y obtienen mejores rendimientos que los métodos industriales. ¿Por qué empeñarnos entonces en implantar unos cultivos altamente contaminantes, cuyos resultados en términos de cosecha son inferiores y mediante los cuales se pone en serio peligro la subsistencia del agricultor?

En cuanto a los efectos sobre la salud, efectivamente, como afirman los partidarios de los transgénicos, “no hay reacciones alérgicas documentadas” porque la política de patentes a la que se acogen las empresas fabricantes y distribuidoras de semillas modificadas genéticamente evitan sistemáticamente que puedan llevarse a cabo estudios serios sobre la materia. En efecto, hasta la fecha solamente existe un estudio sobre los efectos de los OGMs en el ser humano, y sus resultados son inquietantes (véase Genetic Roulette, de Jeffrey Smith). Sin embargo, sí existen muchos y muy variados estudios independientes sobre los efectos de los transgénicos en animales y sus conclusiones no dejan lugar a dudas. Tampoco existen dudas sobre los efectos sobre la salud del ganado que se alimenta con piensos transgénicos, ganado que después servirá de alimento para el ser humano.

Señores partidarios de los OGMs, no se equivoquen: quienes estamos en contra de los transgénicos no tomamos esta postura a ciegas, como quien adopta un credo religioso, ni estamos ofuscados con la política expansiva de ciertas multinacionales. Nuestro rechazo se debe precisamente al oscurantismo que las empresas productoras y sus aliados en el poder practican para mantenernos en la más absoluta ignorancia. Porque, a día de hoy, a los ciudadanos de a pie nos es imposible conocer la extensión y la localización de los cultivos transgénicos de España, ya que el gobierno se niega a facilitar estos datos. Del mismo modo que no conviene que se sepa qué alimentos contienen ingredientes modificados genéticamente, pues el rechazo de la población no se haría esperar.

Todas estas cuestiones hacen que me pregunte por qué se nos está bombardeando con el mensaje de la inocuidad de los transgénicos. Recordemos que España es, junto con Portugal, el único país de la Unión Europea donde los cultivos de OGM campan a sus anchas. ¿Se trata ahora de convencer a la población para que los consuman sin ningún tipo de reparo? A quienes intentan convencernos de los beneficios de los transgénicos, me permito recordarles que estos cultivos están poniendo en peligro el futuro de nuestra salud y nuestra frágil economía. Al hacer apología de un producto tan dañino, están ustedes asumiendo una enorme responsabilidad. Queda en sus manos juzgar si el precio que les pagan por ello es suficientemente elevado como para aliviar este cargo.

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