Carne y conciencia


Las sociedades postindustriales han vivido en las últimas décadas una importante transformación que ha llevado a sus ciudadanos a olvidar gran parte de las tradiciones en que se basaba su subsistencia. Gracias a la externalización de ciertas actividades tales como la producción de alimentos y textiles, como la consecución de combustibles para la calefacción y para el transporte, el individuo cuenta hoy más que nunca con tiempo libre que le permite dedicarse a actividades de ocio o al desarrollo de sus capacidades intelectuales. Al igual que los nietos ya no tienen que sentarse a los pies de sus abuelas para cardar la lana que ellas después hilarán y tejerán, tampoco se dedican las mañanas a limpiar los recintos y a cuidar y dar de comer a los animales. Al igual que hoy las niñas no aprenden a bordar sus cortinas y visillos, sino que las compran en la tienda de chinos de la esquina, las familias ya no se reúnen para colaborar en la matanza que proveerá a sus miembros de proteínas hasta el año siguiente. Estos trabajos duros y muchas veces desagradables han sido externalizados y, gracias a la industrialización de todos estos servicios, hoy podemos pasar horas jugando con la videoconsola e ir con los amigos a almorzar a una cadena de comida rápida. Sin embargo, podemos afirmar sin riesgo a equivocarnos que nuestra ligereza a la hora de adoptar nuevas costumbres y encargar el trabajo sucio a otros (por lo general grandes empresas multinacionales que solamente buscan el beneficio económico) nos deja en una situación bastante delicada.

El hombre moderno, al dejar su alimentación en manos de la industria, no solamente se arriesga a perder su cultura y olvidar las técnicas básicas de supervivencia, transmitidas desde hace siglos de generación en generación, sino que también corre el peligro de perder el contacto con la realidad. ¿Cuántas veces hemos oído a los niños afirmar que la leche viene del tetra brik o que los tomates crecen en el supermercado? Las nuevas generaciones desconocen el origen de los productos con que se alimentan y la carne no es una excepción. Hace unos meses los internautas nos quedábamos encandilados con un niño de origen brasileño que, cenando ante la cámara, hilaba sus pensamientos y planteaba a su madre un terrible dilema: ¿por qué ella le había enseñado a cuidar a los animales si, después, se los servía en el plato como comida? El pequeño Luis Antonio establecía la conexión de esa forma tan natural como solo los niños saben hacerlo. Ante estas cuestiones de los más pequeños, a los adultos, a menudo mucho menos conscientes y reflexivos, solamente nos queda elegir entre engañarlos o admitir la realidad.

El caso de la industria cárnica resulta especialmente ilustrativo de la disociación que sufre el ser humano en nuestros días. La industria cárnica es un sector terriblemente cruel que a diario condena a millones de animales a un destino triste y doloroso. La cría y el sacrificio de animales en granjas y mataderos industriales transforman a seres sensibles e indefensos en meros productos y desechos. El dolor y el horror de estos lugares quedan ocultos a los ojos de los consumidores, quienes no son capaces de ver más allá de los anuncios publicitarios que les ocultan la realidad.

Quienes deliberadamente colocan esta cortina de humo entre nosotros y el sacrificio de animales saben lo que hacen. Para preservar su lucrativo negocio, no pueden permitir que sepamos lo que ocurre en sus naves del horror. Por eso en EEUU la industria está luchando por la criminalización de las filmaciones clandestinas que muestran el horror de los criaderos y mataderos de todo tipo de animales. Porque, como afirma el cantante Paul McCartney, “si los mataderos tuvieran paredes de cristal, todo el mundo sería vegetariano”.

Efectivamente, la divulgación de cientos de vídeos grabados de forma clandestina en las instalaciones de la industria cárnica del mundo entero ha concienciado a miles de consumidores sobre la violencia implícita en el acto de consumir carne, con las consiguientes pérdidas económicas para la industria.

Otros artistas comprometidos también utilizan su capacidad de llegar al gran público a través de sus obras para concienciar sobre un tema tan al alcance de todos, pero ante el que permanecemos completamente ciegos. El artista británico John O’Shea lleva varios años trabajando por concienciar sobre las implicaciones del consumo de carne. Según él, las personas que no tengan problemas para comer carne tampoco deberían tenerlos para matar a los animales de que proviene dicha carne. Hace años que O’Shea está luchando por el desarrollo de una nueva legislación que requiera una implicación directa de los ciudadanos en el sacrificio de animales para el consumo humano, de tal manera que solamente aquellos que puedan demostrar su experiencia y obtener así una licencia podrán adquirir carne por derecho propio.

Su Licencia para Consumir Carne se está presentando en la actualidad en la exposición “mEATing (mata a tus seres queridos)”, un evento artístico que comenzó el 1 y finalizará el 30 de noviembre de 2013 en Tilburg (Holanda). En mEATing se exponen una serie de obras destinadas a hacernos reflexionar sobre nosotros mismos y sobre nuestra relación con los animales, una actividad altamente recomendable si queremos empezar a volver a tomar pie en esta realidad en que vivimos.

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