El consumidor, ¿culpable?


cosmética Estas navidades, los comerciantes han experimentado la alegría de vender. A pesar de la crisis, quizás influenciados por las noticias de recuperación de la economía y por los ánimos que los medios de comunicación se han esforzado en insuflarnos para que volvamos a consumir tras años de hundimiento económico y psicológico, los españoles hemos vuelto a las tiendas. Ahora, con las rebajas, las bolsas de los comercios vuelven a lucir sus logotipos colgadas de las manos de los viandantes que pasean por la ciudad en busca de gangas. Parece que, a pesar de todo, el consumismo aún no ha muerto y qué duda cabe que, estas navidades, nuestra responsabilidad a la hora de elegir los productos menos perjudiciales para el planeta ha vuelto a quedar en un segundo plano. Sin embargo, ¿es justo culpar exclusivamente a los consumidores de esta falta de conciencia a la hora de elegir los productos que adquirimos? ¿Realmente se puede afirmar que no hay mayor oferta de productos ecológicos y locales debido a la falta de demanda por parte del consumidor?

Después de semanas y semanas de digerir sin apenas ofrecer resistencia las oleadas de publicidad que anunciaban perfumes y productos cosméticos, regalos y juguetes que a saber dónde, con qué componentes y en qué condiciones se han producido, me toca leer que “el comportamiento de los consumidores está suponiendo un importante obstáculo para el desarrollo sostenible de la industria de la cosmética” y que “la falta de demanda de productos e ingredientes verdes está disuadiendo a las marcas de adquirir un mayor compromiso a este respecto”. El texto se publica en una revista de difusión de productos ecológicos y recoge las opiniones de los directivos de empresas de cosmética, expresadas durante las ediciones europea y de Asia-Pacífico de los Encuentros sobre Cosmética Sostenible. Me lama la atención que el representante de L’Oreal, la mayor empresa de productos de belleza del mundo, se adhiera a estas declaraciones y creo que merece la pena hacer una reflexión sobre lo que se esconde detrás de estas afirmaciones.

Pues bien, tras algunas indagaciones descubro que el sector de la cosmética está valorado en 170.000 millones de dólares en el mundo entero, una cifra cuyo mayor participante es el mercado estadounidense, con 50.000 millones, seguido de cerca por Asia. Por poner solo un ejemplo de la dimensión de este negocio, en EEUU la empresa Procter&Gamble (propietaria de Pantene, Gillete y Olay, entre otras firmas) se gastó solamente en publicidad la friolera de 4.180 millones de dólares en el año 2009. Hoy en día, gracias a las bien dirigidas campañas de la industria, una niña norteamericana comienza a utilizar productos de belleza a los 13 o 14 años. Las niñas de entre 8 y 12 años ya se gastan en el país más de 40 millones de dólares al mes en cosmética, mientras que las jóvenes de entre 13 y 17 años se gastan más de 100 millones de dólares al mes. A partir de esta edad, el gasto en cosmética se multiplica. Y solamente estamos teniendo en cuenta el consumo en cosmética por parte de las mujeres.
Las empresas del sector de la cosmética saben que el valor que los consumidores otorgan a un producto depende directamente de la cantidad de dólares que ellas inviertan en la promoción del mismo. El dinero que se invierta en diseñar el nombre de la marca, el embalaje y la publicidad es un factor decisivo a la hora de determinar si un producto se venderá o no.

Es necesario hacer hincapié en el hecho de que el desarrollo de la industria de la cosmética es vertiginoso y de que cada día salen al mercado nuevos ingredientes y productos acabados cuya inocuidad sobre la persona que los utiliza y sobre el medio ambiente está por comprobar. Los organismos reguladores apenas dan abasto para realizar las investigaciones necesarias y, en muchos casos, la única condición necesaria para poner a la venta un artículo de cosmética es la realización de las pruebas pertinentes por parte de la empresa fabricante. De este modo, la responsabilidad sobre dichos productos queda enteramente a manos de esta.

Así pues, se me ocurre que, en lugar de andar señalando con el dedo la falta de conciencia del consumidor, los gigantes de la cosmética bien podrían gastar algo del dinero que aquel les permite ganar en fomentar el diseño, la producción y la venta de unos productos más ecológicos y sostenibles. Y creo sinceramente que empresas como L’Oreal podrían hacer mucho a este respecto. El gigante francés en la actualidad se está esforzando por reverdecer su imagen tras décadas de boicot por parte de las organizaciones ecologistas y de protección animal, que la acusan de practicar de forma continuada la experimentación con animales, entre otras prácticas insostenibles. Quisiera creer que estos esfuerzos son reales y no solamente una estrategia de marketing. Mientras tanto, me gustaría que se comenzara a exigir responsabilidades a empresas y fabricantes, obligándoles a presentar y publicitar productos que tengan en cuenta el tremendo desgaste ecológico y de recursos que estamos propiciando en el planeta.

Entiendo que quienes están ganando inmensas cantidades de dinero no quieren dejar de hacerlo y que los organismos gubernamentales encuentran enormes dificultades en regular el sector. Soy una gran defensora del concepto de que consumir ciertos productos es equivalente a votar con tu dinero. Pero encuentro insultante que una vez más se quiera responsabilizar al consumidor de la falta de ética de las empresas y de la falta de responsabilidad política de los organismos de control.

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